SU NOMBRE ES BOND, JAMES BOND…

El recién pasado año 2012 se cumplieron nada menos que cincuenta años del estreno cinematográfico de “Dr. No”, la primera película de la numerosa saga protagonizada por el incombustible agente 007, James Bond. El oficial de Su Majestad, con licencia para matar a los enemigos de Gran Bretaña hacía su aparición en los cines del mundo,  las fantasías de las damas y la envidia de los varones. Con él vendría una serie de elementos refinados en gusto, vanguardistas en tecnología y ostentosos en lujo; eso a cuestas y más de media docena de intérpretes en medio siglo, el hombre de impecable esmoquin, autos rápidos y disparos letales, ha obedecido a su soberana ciegamente y en ese patriótico ministerio la cultura británica encontró uno de sus embajadores más peculiares y duraderos.

Podría pensarse que Bond, al no ser un mero personaje de guión, sino el protagonista de varias novelas de espionaje, posee elementos que le han otorgado personalidad y carácter con los que pudo sobrevivir en la pantalla grande a su primera aparición allá por 1962, extraordinario logro si se tiene en cuenta que las segundas partes raramente superan a su capítulo iniciador. En realidad no se trata de eso, 007 fue creado de tal forma que resiste al desgaste tan propio del cine y su abuso con los personajes o conceptos de una trama. Su creador, Ian Fleming (1908- 1964), primero que todo le dio un nombre corto, común, anglosajón y masculino: James Bond, que por cierto era como se llamaba en realidad un respetado ornitólogo norteamericano, radicado en Jamaica, al momento de escribir Fleming en 1952 “Casino Royale”, primera aparición literaria del ficticio empleado del gobierno británico. A esa identidad se le dio una forma y un fondo muy consistente, lo cual ha permitido adaptarlo a los momentos propios de un mundo en plena Guerra Fría, hasta el complejo escenario internacional de la actualidad, con mega terrorismo, crímenes globales y líderes fundamentalistas. En ese peregrinar, este doble cero debió enfrentar los peligros que amenazaban al Reino Unido y también al mundo; asistido por curiosos artefactos tecnológicos, tantas veces adelantados a su época, Bond sabía arreglárselas frente a matones con mandíbulas de acero, sombreros de alas cortantes, bombas nucleares, narcotraficantes, rayos láser, sacerdotes vudú, magnates navieros con delirios de dominio mundial, herederas petroleras, tiburones, etc.

Alto, bien parecido, educado, de finos modales, atlético y entrenado para matar sin duda o cuestionamiento moral, más sus dotes de tahúr y encantos de playboy, 007 pudo superar su condición literaria y cinematográfica para convertirse en un ícono de la cultura popular contemporánea. Los escenarios exóticos de sus aventuras, el diseño siempre vanguardista que lo pone en escena, junto a sus hermosas compañeras y antagonistas, contribuyeron a crear esa ilusión duradera de un personaje que a estas alturas es ya casi de carne y hueso, aunque la producción cambie al actor que lo personifica y los momentos que vive sean muy variables o diferentes entre sí. Ayuda considerablemente a esto que sea un hombre soltero (técnicamente viudo, tras un muy breve matrimonio), sin pariente alguno, cuarentón permanente, ya que jamás se le ha representado cercano a los treinta años o demasiado maduro. Carecer de lazos emocionales permanentes y tener una edad que no acusa la inexperiencia de la juventud, ni se aproxima a una madurez vulnerable dejan al agente secreto en una neutralidad inmejorable para el adaptador de la novela o el guionista de cine.

Sin embargo, para perdurar, mantenerse y lograr tanta continuidad en el tiempo, este ficticio funcionario del MI6 (Inteligencia Exterior Británica), ha sido acompañado de símbolos distintivos que le identifican y hacen único en términos de estilo y personalidad. Y así es, pues no sólo se presenta como “Bond, James Bond”. Pide en los exclusivos bares que frecuenta un vodka Martini o un Martini seco, siempre agitado, nunca revuelto, lleve este trago aceitunas verdes o cáscara de limón, a veces acompañado de caviar negro del Mar Caspio y en su muñeca izquierda luzca un exclusivo cronógrafo fabricado por Omega, aunque también  ha consultado la hora en modelos de cuarzo hechos por la marca japonesa Seiko. Su arma de siempre es la alemana Walther PPK, con o sin silenciador, dependiendo de la misión, claro está; pero no hay duda de la experticia demostrada en toda clase de armas que su oficio requiere, lo cual queda muy claro,  tanto por su habilidad en esgrima de espada o la facilidad con que pilotea cazas a reacción.

Lo que sí merece un punto aparte es la tecnología y toda suerte de dispositivos que le son suministrados por la agencia para la cual trabaja. Se le ha visto tripulando desde transbordadores espaciales hasta mini submarinos con forma de cocodrilo; pudo cortar barrotes de una celda gracias a la tinta corrosiva que tenía en su pluma fuente; usó un teléfono celular que aturdía con descargas eléctricas; el llavero de su auto era una granada antipersonal; voló con una mochila de autopropulsión y cómo no, su reloj poseía un rayo láser capaz de traspasar una pulgada de acero, entre otros tantos trucos que lleva bajo su manga o los que forman parte de los lujosos automóviles que utilizó alguna vez, desde el Lotus Sprit que podía sumergirse y ser un funcional submarino en miniatura, capaz de lanzar misiles en pleno Mediterráneo, al Aston Martin Vanquish que se hacía invisible y desplegaba púas metálicas de sus neumáticos para correr en el hielo de Islandia. Las ametralladoras y el blindaje son estándar de todos los modelos.

Así, James Bond ha recorrido cinco décadas asesinando con psicopática frialdad en nombre de su reina, salvando al mundo entero de caer en manos de un género de villanos muy al estilo Bin Laden, jefes de organizaciones mega terroristas, cuyo poder y ambición bien pudieron desatar guerras mundiales o poner bajo amenaza al mundo con armas de destrucción masiva. Los enemigos casi seculares fueron esos agentes de la ex URSS, a cuya cabeza pusieron precio, pero ello no fue obstáculo para que sedujera y amara a una atractiva mayor del KGB, la implacable agencia de espionaje soviético.
De lo que no hay duda es de la frase que aparecía tras los créditos finales de cada película, cuando lo último que se leía era: “James Bond retornará…”

Para Tejemedios
Profesor José Antonio Soto