LOS VERDADEROS INDIANA JONES

Seguramente a los no iniciados en la arqueología y el aporte de sus más notables representantes, les resultarán desconocidos nombres como Hiram Bingham III, Howard Carter, Heinrich Schliemann, Arthur John Evans, John Lloyd Stephens y John Devitt Stringfellow Pendlebury, entre otros. Pero si se señala que el ficticio arqueólogo, Doctor Henry Walton Jones Jr., conocido como “Indiana Jones” tiene mucho de ellos, las cosas cambian. Y es que en el aventurero cinematográfico se sintetizó mucho de lo que fueron las reales aventuras arqueológicas desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. Si se descartan las fuerzas sobrenaturales que debió enfrentar el hombre del látigo y el sombrero en sus cuatro películas, lo que vemos en ellas se acerca muchísimo a las proezas realizadas por los investigadores ya citados, que entre tanta peripecia, hicieron aportes fundamentales al estudio de algunas grandes civilizaciones del mundo antiguo.
A Hiram Bingham III, profesor de Historia en las Universidades de Harvard y Princeton, se le reconoce en la comunidad científica el haber descubierto, en 1911, unas misteriosas ruinas andinas y con ello dado a conocer la existencia de Machu Picchu, ciudadela inca, supuestamente  perdida y apenas esbozada en las crónicas españolas de la Conquista. Para hallarla, Bingham (estadounidense, nacido en Hawai), contó en esta empresa con el patrocinio de instituciones tan prestigiosas como La universidad de Yale y la National Geographic Society, teniendo que atravesar selvas, desfiladeros y puentes colgantes sobre el río Urubamba, en los remotos confines de las montañas de los Andes peruanos, hasta dar con ruinosos edificios, invadidos por la vegetación luego de estar abandonados por casi cuatro siglos. El resultado de sus investigaciones en este sitio arqueológico se publicó bajo el título: “La Ciudad Perdida de los Incas”, libro que hizo posible la difusión del descubrimiento.
El caso de Howard Carter es referente a aquellos apasionados o entusiastas en una disciplina, que sin tener estudios formales, sí poseen la tenacidad y perseverancia con que lograron hacerse de un lugar relevante en sus respectivos campos de estudio. Aunque nunca completó la educación secundaria, este hombre dotado de un enorme talento artístico, viajó como dibujante en una expedición a Egipto cuando apenas tenía diecisiete años; aprendiendo arqueología en terreno, con los años pasaría del arte a las excavaciones, que le llevaron al llamado descubrimiento arqueológico del siglo, cuando en 1922, contando con el apoyo financiero del noble y aristócrata inglés George Herbert, V Conde de Carnarvon, halló la tumba casi intacta del faraón Tutankamón, en el sitio funerario conocido como Valle de los Reyes, lugar de sepultura de varias dinastía reales egipcias, a orillas del río Nilo. Este hallazgo ha sido señalado como el mejor conservado de su tipo; el valor histórico y artístico de los objetos encontrados es, hasta la fecha, la más importante contribución a la egiptología jamás hecha. Las extrañas circunstancias que rodearon la muerte de su benefactor, al año siguiente de iniciados los trabajos en la cámara del tesoro real, dieron pie a que se propagara el rumor de la “maldición de Tutankamón”, atribuida a un supuesto conjuro hecho por los antiguos sacerdotes egipcios, para proteger la última morada de su señor.
Lo de Heinrich Schliemann tiene la particularidad de ser una aventura arqueológica con tintes románticos, protagonizada por un hombre hecho a sí mismo; millonario, aunque de orígenes muy humildes, sentía una pasión desbordante por los relatos de la antigua Grecia y logró dominar con gran fluidez las lenguas clásicas, así como más de una docena de idiomas conocidos. Contando con muchos recursos económicos y enorme determinación, se dio a la tarea de hallar Troya, ni más ni menos que esa legendaria ciudad gobernada por el mítico rey Príamo, cantada desde hacía miles de años en las rapsodias del poeta Homero. Con autorización del gobierno turco, Schliemann comenzó sus excavaciones a partir de 1870 en Hisarlik, una colina en el área costera de Anatolia (Turquía), donde se creía había estado edificada Ilión, antiguo nombre de la ciudad homérica. Convencido de ir tras la pista de un lugar cierto, pero únicamente mencionado en la literatura clásica, siguió perseverando en el intento de dar con las ruinas de aquellos majestuosos palacios que evocaba desde su niñez. Tuvo su triunfo en junio de 1873, cuando halló el famoso “Tesoro de Príamo”, como él mismo lo llamó, y según su juicio, correspondiente a los aposentos de la fortaleza asaltada por los griegos en su famoso caballo de madera. Investigaciones posteriores, realizadas en el siglo XX, indicarían que el estrato arqueológico llamado “Troya VI” correspondería al sitio de la guerra entre griegos y troyanos, y no al nivel “Troya II”, propuesto por el arqueólogo alemán.
Sir Arthur John Evans tiene el mérito de ser el descubridor y principal excavador del Palacio de Cnosos, sin duda la más sobresaliente muestra de la arquitectura y arte minoico. Esta civilización fue también conocida como cretense, por su desarrollo en la isla de Creta, justo al sur de Grecia. Evans, quien había estudiado en las universidades de Oxford y Gotinga, antes de partir a excavar en esta isla del Mediterráneo Oriental, hizo trabajos arqueológicos en Italia, Escandinavia y los Balcanes. Su idea era hallar el legendario palacio del rey Minos, figura del mito “El Laberinto del Minotauro” y una civilización anterior a la micénica. Al desenterrar el complejo palaciego de Cnosos en 1900, el arqueólogo británico quiso relacionarlo con el monarca mitológico y aquel laberinto donde se enviaban jóvenes al sacrificio, como ofrendas al minotauro que habitaba en él. Aunque no se le ha comprobado relación alguna con las fábulas y relatos alegóricos que quiso ver allí su descubridor, sí es un dato cierto de que se trata del palacio más antiguo de Europa y una rica muestra del refinado arte que alcanzó esta cultura de la Edad del Bronce. Los descubrimientos y aportes a la arqueología le valieron a este investigador el título nobiliario de Lord Minos de Creta.
John Lloyd Stephens es de aquellas figuras semi novelescas, cuya vida y viajes fueron muy propias de su tiempo, cuando las grandes potencias europeas estaban embarcadas en la aventura colonial de mediados del siglo XIX. Aunque muy dentro del estilo de los célebres viajeros victorianos, peregrinos impenitentes por los derroteros africanos y asiáticos, en nombre de Su Majestad y el Imperio, este norteamericano, con título de abogado, alguna vez viajero a través de Oriente Medio, Rusia y Grecia, ha quedado registrado en la crónica arqueológica gracias sus asombrosos descubrimientos del arte y arquitectura maya en Mesoamérica. Enviado a esta parte del mundo como diplomático de su gobierno en 1839, Stephens y su dibujante  Frederick Catherwood, llegaron a las ruinas de Copán (Honduras), haciendo una ruta a filo de machete y porteadores indígenas desde la entonces Honduras Británica, hoy Belice. Si bien antes del viaje de estos exploradores el militar irlandés Juan Galindo, llamado por algunos John Gallager,  hizo algunos trazados cartográficos de la zona, no hubo mayores estudios acerca de la cultura que edificó los monumentos allí ubicados. Como anécdota de esta exploración, este cronista yanqui llegó inclusive a comprar el sitio de Copán, por cincuenta dólares de la época, para así poder desarrollar de forma más cómoda su trabajo de campo, que junto a actividades posteriores en las regiones mexicanas de Yucatán y Palenque, lugar en que trazó los primeros levantamientos del “Templo de las Inscripciones”, constituyen la base para el estudio de la principal civilización de América Central. Publicó sus experiencias en estos viajes con el título: “Incidentes de viaje en América Central, Chiapas y Yucatán”, en dos volúmenes, acompañados de las excelentes ilustraciones que logró el arquitecto Catherwood.
En plena Segunda Guerra Mundial aparece otro británico en la escena arqueológica, nuevamente trabajando en Creta. John Devitt Stringfellow Pendlebury, quien a pesar de faltarle el ojo izquierdo y llevar en su lugar una prótesis de vidrio, había hecho una brillante carrera como atleta internacional desde sus tiempos universitarios en Cambrigde, pero un viaje a Creta y una visita a Micenas, en 1923, le despertaron un gran interés por la arqueología y las civilizaciones de la Antigüedad. Decidido a ser arqueólogo, en 1927 inició estudios de esta disciplina en Grecia, interesado tanto por hallazgos griegos como egipcios. En esos afanes se mantuvo alternando actividades entre Egipto y el Mediterráneo, excavando  “Tell el Amarna”, sitio arqueológico egipcio donde alguna vez tuvo su palacio el legendario faraón Akhenatón (siglo XIV a.C.) y Cnosos, al igual que su compatriota Arthur Evans a comienzos de siglo. Ambos lugares lo mantuvieron activo como arqueólogo de 1928 a 1936, en cargos como director de excavación y curador. El estallido de la Segunda Guerra Mundial lo sorprendió en suelo cretense, por lo cual su gobierno le llamó a Inglaterra para recibir entrenamiento militar y de inteligencia, pues sus conocimientos geográficos de la isla y los dialectos locales que dominaba, le hacían un importante colaborador en caso de enfrentar a los alemanes en ese lugar. Al lanzar los nazis su ofensiva contra Creta, Stringfellow se hallaba en la capital, Heraklion, desde donde comandó varias misiones del ejército local y algunos efectivos británicos contra las unidades de paracaidistas que tomaban por asalto ese punto insular. Fue en uno de esos combates donde halló la muerte, enfrentando a fuerzas enemigas. Era el 22 de mayo de 1941.
La conexión de Jones con la verdadera arqueología se encuentra en la reverencia que le hace el guionista de “La última Cruzada”, penúltima cinta de la serie, cuando cita el Dr. Jones —mientras dicta una clase en la universidad— al muy famoso y respetado arqueólogo inglés Sir William Matthew Flinders Petrie (a quien se le reconoce el mérito de ser pionero en utilizar un método sistemático al hacer estudios arqueológicos) y sus excavaciones de Naucratis (delta del Nilo, Egipto). De igual modo Flinders realizó trabajos en la legendaria ciudad egipcia de Tanis, lugar donde se halla la bíblica Arca de la Alianza en “Los Cazadores del Arca Perdida”, película estreno del aventurero. Podrán creer algunos que esto sólo se trata de guiños cultos para congraciarse el director del filme con la comunidad académica; pero sería más correcto creer lo contrario, que Steven Spielberg, quien llevó a la pantalla grande al mítico arqueólogo, hizo con el personaje un gran homenaje a las grandes aventuras arqueológicas. Así es que el cazador de reliquias sagradas fue creado según los episodios reales, protagonizados por personajes de carne y hueso, estudiosos, eruditos, viajeros, aventureros románticos, valientes y luchadores, en la inclaudicable  búsqueda de los secretos del pasado, bajo las arenas del desierto egipcio, u ocultos en las selváticas espesuras del trópico centroamericano; delirantes frente a tesoros fabulosos, bajo las ruinas de un mundo desaparecido hace miles de años o luchando cara a cara contra el III Reich. Los verdaderos “Indiana Jones”.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ ANTONIO SOTO
Profesor

PRIMERA GUERRA DEL GOLFO

De seguro algunos recuerdan el verano de 1991, cuando pudimos ver en directo, gracias a la señal internacional de las siempre ubicuas cámaras de CNN, lo que con el tiempo pasó a llamarse, “Guerra del Golfo”. Un mundo en incipiente globalización estaba presenciando el último conflicto bélico a gran escala del siglo XX, donde la participación de EE.UU. estaba bajo escrutinio, pues aún se mantenía muy vivo el recuerdo de su derrota en Vietnam, con la estrepitosa caída de Saigón, en abril de 1975 como epílogo. La centuria final del segundo milenio de nuestra era estuvo jalonada de cuanta guerra pudo producirse en todo rincón posible del planeta, incluyendo dos conflictos mundiales, que demostraron la alianza letal entre el avance tecnológico y el propósito bélico. Desde la invención del tanque y las fuerzas aéreas, en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), hasta la Blitzkrieg o “guerra relámpago” y las bombas atómicas, en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), hombres y máquinas se mezclaron en un cóctel mortal que definiría los grandes enfrentamientos del futuro. Así fue.
Febrero del ’91 fue el clímax y etapa final de una guerra localizada en el nuevo polvorín del mundo: Oriente Medio. Para aquel entonces no eran árabes contra israelíes los protagonistas, habida cuenta del conflicto que arrastraban desde la creación del Estado de Israel en 1948, en tanto que la era de Gamal Abdel Nasser, el carismático líder pro soviético de Egipto, había terminado hacía dos décadas. La acción ahora se desplazaba hacia la Península Arábiga, que durante los años ’80 fue escenario de la guerra entre Irán e Iraq (1980-1988). El primero, gobernado por el clérigo fundamentalista musulmán y antioccidental impenitente, Ayatola Ruhollah Jomeini, llegado al poder mediante un golpe de estado que derrocó al gobernante tiránico, Sah Mohammad Reza Pahlevi, en 1979; el segundo, al mando del autocrático militar, dictador y asesino en masa, Saddam Hussein, quien accedió al gobierno por designación, también en 1979. Los afanes expansionistas de éste desencadenaron la contienda con su vecino del este al partir los ’80, durando casi toda la década. Pero las cosas no terminarían ahí, mucho menos dejando estables y pacificados aquellos dominios de la antigua Mesopotamia y Persia, porque al iniciarse el decenio final del siglo XX, los delirios de poder y el nacionalismo que caracterizaban al líder iraquí provocaron otra guerra, esta vez de alcances mucho mayores.
El 2 de agosto de 1990, unidades de la Guardia Republicana, nombre dado al eje del ejército iraquí, cruzaban la frontera con Kuwait en una maniobra de invasión lanzada desde la ciudad de Basora. Meticulosamente orquestada, no faltaron en ella las medidas de engaño y un complejo operativo de contrainteligencia, destinado a despistar a los servicios de inteligencia occidentales y kuwaitíes. Empleando vehículos blindados e infantería, fueron ocupando los principales puntos estratégicos del pequeño emirato petrolero, hasta tomar el control de Kuwait City, capital del Estado. Con aquellas acciones y tras deponer al emir, Sheikh Jaber III Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, Saddam Hussein declaraba anexionado a Iraq este país y proclamaba su liberación de la monarquía hereditaria que lo gobernaba.
Enterados de los hechos, las alarmas saltaron inmediatamente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y en la Liga Árabe; ambas instituciones rechazaron tajantemente el quebrantamiento de la paz y seguridad internacionales llevado a cabo por Iraq, quien atacó arbitrariamente, para ejercer control sobre la producción petrolera kuwaití, que según los agresores, perjudicaba su economía. Se sucedieron una serie de resoluciones por parte de la ONU, pero sería la nº 670 el documento que autorizaba el ataque a Iraq si Saddam Hussein no retiraba sus tropas de Kuwait como plazo máximo el 15 de enero de 1991. Los invasores no se retiraron y al día siguiente de la fecha consignada, una coalición de 31 países, liderados por Estados Unidos, quien estrenaría un arsenal tecnológico como nunca se vio antes en un campo de batalla, iniciaban el operativo militar que se conocería por su nombre clave: “Operación Tormenta del Desierto”. Esta ofensiva de la alianza árabe-occidental, la cual haría frente al dictador iraquí, debía liberar Kuwait y eliminar la capacidad militar del agresor en su propio territorio. Tal despliegue militar tuvo como centro de mando y control Riyad, capital de Arabia Saudita y desde ese reino árabe se llevarían a cabo las operaciones terrestres; los operativos aéreos estarían igualmente asistidos por cinco portaaviones norteamericanos, emplazados en aguas del Mar Rojo Y del Golfo Pérsico, lo que permitía controlar la actividad aérea en los extremos occidental y oriental de Arabia.
Además de los modernos aviones caza polivalentes F-16 “Fighting Falcon” y F-18 “Hornet”, de diseño convencional, voló sobre cielo enemigo el mortífero y sigiloso F-117 “Nighthawk”, una máquina voladora completamente negra, sin una sola curva en su estructura, como salida del cine de ciencia ficción, cuyo privilegio era ser invisible al radar y a otros medios de detección electrónica. Sin dependencia directa de las torres de control, blancos demasiado vulnerables, la Coalición tuvo sus puestos de alerta temprana y control aéreo en el aire, por medio de los Boeing E-3 “Sentry”, caracterizados por llevar sobre el fuselaje un enorme sensor de radar con forma de disco.
En tierra la tecnología también había hecho lo suyo y la guerra  del desierto revelaría un nuevo tanque, fiel al concepto del blindado de combate en su forma, pero con innovaciones hasta ese momento insospechadas en una máquina de su tipo. El M1A1 “Abrams”, fue el vehículo acorazado terrestre más moderno en servicio y su bautismo de fuego en Oriente Medio le enfrentaría a sus contrapartes menos tecnológicas, fabricadas en la ex Unión Soviética, el T-55, T-62 y el T-72; movido por una turbina de gas, con la capacidad de disparar en movimiento sobre los 2.5 km. de distancia, sofisticados sistemas de visión nocturna, detección calórica de objetivos, ajuste de puntería computarizado, protección reactiva contra impactos directos y empleando proyectiles con ojivas de uranio empobrecido, el único material capaz de romper todo tipo de blindaje, el “Abrams” inauguraba la generación de los “tanques principales de batalla”. Como apoyo a estas formidables estaciones de combate apareció la última versión del helicóptero de ataque. Aunque conocida desde la Guerra de Vietnam, esta modalidad de aeronave había alcanzado un nivel de desarrollo sin precedentes a inicios de los ’90, en la forma del AH-64 “Apache”, cuya apariencia de insecto prehistórico, su cañón automático de 30 mm. bajo el morro, guiado automáticamente por el ojo del artillero, los dispositivos de navegación y visión electrónica, que le permitían cumplir misiones en todo momento, junto las múltiples bombas y misiles antitanque que podía portar, le convirtieron en la pesadilla de los tanques y transportes terrestres iraquíes.
La experiencia militar hizo cambiar de estrategia al mando estadounidense, que ya no ordenaría los devastadores bombardeos de saturación, tan característicos de las últimas dos grandes guerras en que había participado, con destrucciones innecesarias y un costo muy elevado en objetivos y vidas civiles. Ahora estaba disponible el misil crucero, una pieza de ingeniería balística teledirigida, diseñada para atacar objetivos selectivos, evitando al máximo el daño colateral. Podían ser lanzados desde buques de guerra, submarinos y plataformas móviles terrestres, lo cual mejoraba notablemente su desempeño táctico. A este género de armas pertenecía el BGM-109 “Tomahawk”, con un alcance de hasta 1.600 km., capaz de transportar incluso una carga nuclear, guiado por radar, teledetección o señales de láser. Iraq haría lo propio lanzando los misiles balísticos tácticos “Scud Al-Hussein”, de los que se temía estuvieran cargados con agentes químicos o biológicos, según las amenazas de Saddam Hussein y los informes de inteligencia disponibles. Como contramedida ante tal posibilidad, Estados Unidos había creado un sistema de intercepción y eliminación para estos proyectiles, cuyo eje era el misil MIM-104 “Patriot”, un dispositivo tierra-aire de largo alcance que se instaló en Arabia Saudita e Israel, principales objetivos secundarios del país agresor.
El conflicto seguiría su curso hasta replegarse totalmente los iraquíes, el 28 de febrero del ’91, mostrándole al mundo un derroche de tecnología bélica que estremecía y hacía especular sobre las guerras del futuro, donde palabras como satélite, computadora e inteligencia electrónica serían comunes. La televisión mostraba imágenes de enfrentamientos blindados no vistos desde la Segunda Guerra Mundial y ciudades bajo fuego en plena noche, gracias a visores nocturnos. Cadáveres entre los escombros post bombardeo y chatarra militar quemándose en carreteras destruidas, fueron el cuadro final de unas fuerzas iraquíes en retirada, bajo el poder aplastante de un dispositivo bélico planeado para enfrentar a contingentes mucho mayores, aun cuando Iraq era en aquel entonces la cuarta potencia militar del planeta.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ ANTONIO SOTO
Profesor

SU NOMBRE ES BOND, JAMES BOND…

El recién pasado año 2012 se cumplieron nada menos que cincuenta años del estreno cinematográfico de “Dr. No”, la primera película de la numerosa saga protagonizada por el incombustible agente 007, James Bond. El oficial de Su Majestad, con licencia para matar a los enemigos de Gran Bretaña hacía su aparición en los cines del mundo,  las fantasías de las damas y la envidia de los varones. Con él vendría una serie de elementos refinados en gusto, vanguardistas en tecnología y ostentosos en lujo; eso a cuestas y más de media docena de intérpretes en medio siglo, el hombre de impecable esmoquin, autos rápidos y disparos letales, ha obedecido a su soberana ciegamente y en ese patriótico ministerio la cultura británica encontró uno de sus embajadores más peculiares y duraderos.

Podría pensarse que Bond, al no ser un mero personaje de guión, sino el protagonista de varias novelas de espionaje, posee elementos que le han otorgado personalidad y carácter con los que pudo sobrevivir en la pantalla grande a su primera aparición allá por 1962, extraordinario logro si se tiene en cuenta que las segundas partes raramente superan a su capítulo iniciador. En realidad no se trata de eso, 007 fue creado de tal forma que resiste al desgaste tan propio del cine y su abuso con los personajes o conceptos de una trama. Su creador, Ian Fleming (1908- 1964), primero que todo le dio un nombre corto, común, anglosajón y masculino: James Bond, que por cierto era como se llamaba en realidad un respetado ornitólogo norteamericano, radicado en Jamaica, al momento de escribir Fleming en 1952 “Casino Royale”, primera aparición literaria del ficticio empleado del gobierno británico. A esa identidad se le dio una forma y un fondo muy consistente, lo cual ha permitido adaptarlo a los momentos propios de un mundo en plena Guerra Fría, hasta el complejo escenario internacional de la actualidad, con mega terrorismo, crímenes globales y líderes fundamentalistas. En ese peregrinar, este doble cero debió enfrentar los peligros que amenazaban al Reino Unido y también al mundo; asistido por curiosos artefactos tecnológicos, tantas veces adelantados a su época, Bond sabía arreglárselas frente a matones con mandíbulas de acero, sombreros de alas cortantes, bombas nucleares, narcotraficantes, rayos láser, sacerdotes vudú, magnates navieros con delirios de dominio mundial, herederas petroleras, tiburones, etc.

Alto, bien parecido, educado, de finos modales, atlético y entrenado para matar sin duda o cuestionamiento moral, más sus dotes de tahúr y encantos de playboy, 007 pudo superar su condición literaria y cinematográfica para convertirse en un ícono de la cultura popular contemporánea. Los escenarios exóticos de sus aventuras, el diseño siempre vanguardista que lo pone en escena, junto a sus hermosas compañeras y antagonistas, contribuyeron a crear esa ilusión duradera de un personaje que a estas alturas es ya casi de carne y hueso, aunque la producción cambie al actor que lo personifica y los momentos que vive sean muy variables o diferentes entre sí. Ayuda considerablemente a esto que sea un hombre soltero (técnicamente viudo, tras un muy breve matrimonio), sin pariente alguno, cuarentón permanente, ya que jamás se le ha representado cercano a los treinta años o demasiado maduro. Carecer de lazos emocionales permanentes y tener una edad que no acusa la inexperiencia de la juventud, ni se aproxima a una madurez vulnerable dejan al agente secreto en una neutralidad inmejorable para el adaptador de la novela o el guionista de cine.

Sin embargo, para perdurar, mantenerse y lograr tanta continuidad en el tiempo, este ficticio funcionario del MI6 (Inteligencia Exterior Británica), ha sido acompañado de símbolos distintivos que le identifican y hacen único en términos de estilo y personalidad. Y así es, pues no sólo se presenta como “Bond, James Bond”. Pide en los exclusivos bares que frecuenta un vodka Martini o un Martini seco, siempre agitado, nunca revuelto, lleve este trago aceitunas verdes o cáscara de limón, a veces acompañado de caviar negro del Mar Caspio y en su muñeca izquierda luzca un exclusivo cronógrafo fabricado por Omega, aunque también  ha consultado la hora en modelos de cuarzo hechos por la marca japonesa Seiko. Su arma de siempre es la alemana Walther PPK, con o sin silenciador, dependiendo de la misión, claro está; pero no hay duda de la experticia demostrada en toda clase de armas que su oficio requiere, lo cual queda muy claro,  tanto por su habilidad en esgrima de espada o la facilidad con que pilotea cazas a reacción.

Lo que sí merece un punto aparte es la tecnología y toda suerte de dispositivos que le son suministrados por la agencia para la cual trabaja. Se le ha visto tripulando desde transbordadores espaciales hasta mini submarinos con forma de cocodrilo; pudo cortar barrotes de una celda gracias a la tinta corrosiva que tenía en su pluma fuente; usó un teléfono celular que aturdía con descargas eléctricas; el llavero de su auto era una granada antipersonal; voló con una mochila de autopropulsión y cómo no, su reloj poseía un rayo láser capaz de traspasar una pulgada de acero, entre otros tantos trucos que lleva bajo su manga o los que forman parte de los lujosos automóviles que utilizó alguna vez, desde el Lotus Sprit que podía sumergirse y ser un funcional submarino en miniatura, capaz de lanzar misiles en pleno Mediterráneo, al Aston Martin Vanquish que se hacía invisible y desplegaba púas metálicas de sus neumáticos para correr en el hielo de Islandia. Las ametralladoras y el blindaje son estándar de todos los modelos.

Así, James Bond ha recorrido cinco décadas asesinando con psicopática frialdad en nombre de su reina, salvando al mundo entero de caer en manos de un género de villanos muy al estilo Bin Laden, jefes de organizaciones mega terroristas, cuyo poder y ambición bien pudieron desatar guerras mundiales o poner bajo amenaza al mundo con armas de destrucción masiva. Los enemigos casi seculares fueron esos agentes de la ex URSS, a cuya cabeza pusieron precio, pero ello no fue obstáculo para que sedujera y amara a una atractiva mayor del KGB, la implacable agencia de espionaje soviético.
De lo que no hay duda es de la frase que aparecía tras los créditos finales de cada película, cuando lo último que se leía era: “James Bond retornará…”

Para Tejemedios
Profesor José Antonio Soto