CRIPTOZOOLOGÍA

El folklore de todas las culturas del mundo está salpicado de relatos referentes a seres monstruosos o extraños, cuya existencia es afirmada ciegamente por algunos y rechazada sin apelación por otros tantos. Sin embargo, hay algunas de estas criaturas cuyo impacto es mucho más universal y eso los lleva a pertenecer a la cultura popular del planeta, ya sea por medio del cine, la literatura alternativa o la prensa sensacionalista, que los ubica ante la mirada de la opinión pública periódicamente. Sean reales o no, lo cierto es que nunca pasan sin llamar la atención del curioso o el indiferente.
Tal ha sido el interés por ellos, que hasta llegan a tener una ciencia que les “estudia” o intenta estudiar, si es que ello puede ser posible cuando no hay pruebas contundentes sobre su naturaleza, hábitos, biología, etc. En resumen, todo lo exigido por el método científico para acreditar que sí pertenecen al árbol biológico terrestre. La criptozoología (del griego: cryptos= oculto y zoos= animal) es aquel intento por asimilarlos al mundo de las entidades biológicas que están formalmente reconocidas dentro de la comunidad científica internacional. Si bien los criptozoólogos practican un tipo de investigación similar al de la zoología, el no haber demostrado que sus objetos de estudio posean entidad les aleja del mundo docto y serio, haciéndoles ver como un grupo de pseudo-científicos que siente gran pasión por buscar animales conocidos solamente en relatos folklóricos y tradiciones locales de diversas partes del mundo.
Entre estos animales hipotéticos o “críptidos”, tomados de la mitología o el folklore, sin duda sobresalen algunos cuya fama y difusión mediática casi los da por existentes. Es el caso de Pie Grande o Sasquatch, el cual sería una especie de primate cuyo hábitat se encontraría en la región noroeste del Pacífico de América del Norte. Estos individuos descritos vagamente por testigos circunstanciales, medirían sobre los 2 metros de estatura y su peso superaría los 150 kilos; cubiertos totalmente de vellosidad, cuyos tonos van desde el rojizo al negro, presentarían una morfología semejante a los gorilas africanos, aunque en el caso de estas criaturas serían totalmente bípedos. Desde filmaciones difusas hasta moldes de yeso sobre huellas frescas, mucha ha sido la evidencia presentada por quienes creen en que sí existe y sostienen la teoría de un remanente biológico, cuya población mayoritaria se extinguió durante el Pleistoceno, pero ha subsistido, con un muy reducido número de individuos, en zonas de bosque templado como la parte noroccidental de Estados Unidos.
Al otro lado del globo, en el área montañosa más alta de la tierra, un ser mitológico y folklórico al mismo tiempo, hace de los Himalaya su hogar y se arraiga firmemente en toda la tradición popular de los monstruos simiescos y solitarios; tan famoso como el  Sasquatch, el Yeti, o Abominable Hombre de las Nieves, es una figura común en los relatos tradicionales de Nepal y el Tibet. A diferencia del críptido norteamericano, a este supuesto simio gigante no descrito científicamente, se le ha dedicado mucho más atención y ha habido intentos sistemáticos, encabezados por científicos acreditados, para observar especímenes, pues los avistamientos serían mucho más frecuentes y mejor documentados que para el anterior. Expediciones de montañistas con destino al Annapurna, cumbre nepalí que pasa los 8000 metros de altura, afirman haberlo visto, pero biólogos y zoólogos insisten que un primate no podría vivir en bosques de altura y con vegetación principalmente conífera, pues deben alimentarse durante todo el año, lo cual es únicamente posible en regiones tropicales donde la fruta abunda en todas las estaciones. Igualmente aluden que tanto en el caso de Norteamérica como en el asiático, la presencia en todos los avistamientos de criaturas solitarias, aparentemente machos adultos, no es indicativa de que exista un grupo con la capacidad reproductiva para mantenerse en el tiempo. Aun así, en algunos monasterios budistas de esas montañas, los monjes aseguran poseer reliquias que serían restos del Yeti, y el arte local representa frecuentemente al ser que los lugareños conocen como el Mono Dorado.
Pasando a otra rama criptozoológica, el monstruo acuático por antonomasia es el del Lago Ness, llamado también Nessie, una criatura marina vista innumerables veces en Loch Ness (nombre dado al lago en dialecto escocés), localidad cercana a la ciudad de Inverness, Escocia. Es seguramente el misterio criptozoológico más difundido en el mundo y convergen en él una serie de elementos con los que se ha definido en muchos casos a esta disciplina informal paralela a la ciencia. Por ejemplo, el animal que debió extinguirse hace millones de años y ha sido visto en nuestra época. Con Nessie surgió la idea de un posible saurio marino superviviente a todos los eventos geológicos ocurridos desde la desaparición de los reptiles gigantes, hace 65 millones de años, y eso, entre otras cosas, significa haber soportado el impacto de un asteroide que acabó con la mitad de la vida en la tierra, cambios notables en la morfología de la corteza terrestre, incrementos y caídas en los niveles del oxígeno atmosférico; lo mismo ocurrió con las concentraciones de dióxido de carbono. Y si fuera poco lo anterior, soportó eras glaciales periódicas con aumentos y descensos significativos del nivel oceánico.
Aunque la biología, química y geología estén en contra de esta criatura calificada como serpiente marina o plesiosauro (reptil marino carnívoro del Cretácico), son muchísimos los testigos de sus apariciones en el lago escocés, cuyo turismo gira en torno a este críptido, que desde más de un siglo atrás ha venido sorprendiendo a quienes dicen haber tenido un encuentro visual con él. Ellos afirman que posee unas jorobas en su lomo escamoso, cuya cabeza es muy semejante a la de un cocodrilo, en el extremo de un largo cuello. Tal ha sido la publicidad generada por el monstruo, que existen hasta algunas fotografías fraudulentas donde aparece emergiendo de las aguas y desplazándose, como un animal acuático en propiedad, u otras, tomadas bajo el agua en ángulos difusos y sin la resolución requerida para identificarle correctamente. Sin embargo, es el único de los animales hipotéticos que recibió un nombre científico para identificarle: Nessiteras rhombopteryx, cuya traducción del latín es “el monstruo del lago Ness con aletas en forma de rombo”.
Como si algún entusiasta de las novelas de aventuras inglesas quisiera darle realidad a estos relatos tan descriptivos, en clave de “mundo perdido”, que fue un universo de ficción narrado magistralmente por Sir Arthur Conan Doyle, donde exploradores europeos llegan a un territorio detenido en el tiempo (inspirado en las mesetas de Roraima, Venezuela), en el cual habitan cavernícolas, dinosaurios y otros animales ya extintos, hay quienes afirman que en zonas fluviales y lacustres del corazón de África, República Popular del Congo y República Centroafricana, habita el llamado Mokèle-mbèmbé, un saurópodo, supuestamente sobreviviente a las eras geológicas del planeta. Éste, a diferencia del caso descrito en Escocia, sería un animal anfibio, pues las descripciones y relatos de los nativos lo sitúan en ríos y tierra firme. Por las condiciones geográficas de su supuesto hábitat, los registros gráficos y la información detallada acerca de su morfología son escasos, pero ello no ha impedido que se realizaran expediciones para dar con su ubicación. Muchas veces se le ha citado en el Lago Télé, en el Congo, donde según la crónica local, hace cincuenta años los Pigmeos, habitantes del lugar, capturaron y dieron muerte a uno de estos lagartos, al cual llaman “el que detiene las aguas”, esto por el tamaño de la bestia. Tal como ocurre con Nessie, los zoólogos, biólogos y geólogos, niegan categóricamente que un saurio gigante pudiera sobrevivir a todos los cambios radicales en la estructura continental del globo, así como a los colapsos climáticos que periódicamente presenta la tierra y que a la larga son factores de evolución biológica, haciendo desaparecer a ciertas especies para que otras predominen.
Sea cual fuere la naturaleza de estos animales no comprobados por la ciencia formal; si son delirio folklórico o cuento para asustar niños; confusión con otros seres conocidos, etc., no hay discusión acerca del interés y curiosidad que despiertan por lo elusivos o extraños que nos parecen, pero en ausencia de restos orgánicos, huesos, pruebas irrefutables de que existen (como ejemplares vivos) y material científico que los acredite como parte del reino animal, no pasarán de ser otro caso para estudio en el ámbito de los misterios populares.
Para Tejemedios: Profesor José Antonio Soto

¿HAY ALGUIEN ALLÁ AFUERA?

Si existe un argumento recurrente en las tramas de ciencia ficción que día a día nos ofrecen las editoriales o el cine, ese es sin duda el contacto con culturas extraterrestres, sean estas visitantes, cuando aparece el consabido artefacto volador, accidentado en un remoto desierto, o amenazante sobre alguna gran capital mundial; también es el frecuente objeto de estudio por parte de aquellas potencias con capacidad para costear una agencia espacial que envíe a los correspondientes exploradores interplanetarios y estos lleven desde la Tierra los saludos de paz y amistad por parte nuestra.
Si a lo anterior le excluimos toda cuota de elementos ficticios, encontraremos que sí existe una iniciativa formal y seria para establecer contacto con culturas inteligentes dondequiera que se hallen en el Espacio. Se trata del Proyecto SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence): búsqueda de inteligencia extraterrestre. En funcionamiento desde los años ’70, e impulsado por el astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador científico estadounidense Carl Sagan (1932-1996), con patrocinio de la NASA, SETI se ha servido de las tecnologías de exploración cósmica más vanguardistas conocidas hasta hoy, como sondas espaciales, que se desplazan actualmente en trayectorias externas al Sistema Solar y radiotelescopios, los cuales “escuchan,” y entregan datos para decodificación, de las transmisiones radiales procedentes del cosmos hasta determinar su procedencia y naturaleza.
Al igual que los mensajes puestos dentro de una botella y lanzados al mar, a la espera de ser encontrados alguna vez y respondidos al remitente, una modalidad de SETI funciona de manera análoga. Así fue que, en 1972, la sonda espacial Pioneer X, con destino a Júpiter y Saturno, se convirtió en la primera portadora de una placa grabada con símbolos y esquemas representativos de la especie humana, a instancias del propio Sagan, quien la ideó y promovió. Entre lo indicado en ella se destaca una figura masculina y otra femenina, puestas en referencia de tamaño respecto a un dibujo de la Pioneer, la ubicación de la Tierra con respecto al Sol y demás planetas de nuestro sistema, el trayecto recorrido por la sonda desde su punto inicial y la fuente del pulso electromagnético originado por un átomo de hidrógeno, el elemento más abundante del Universo. La misma inscripción se envió en la misión exploratoria de la Pioneer XI, enviada al mismo destino en 1973. Se espera que por su simplicidad y los datos técnicos descritos en ella, cualquier cultura tecnológica debiera comprenderla. El último contacto con la primera de estas sondas se hizo a comienzos de 2003, cuando se encontraba a 12 mil millones de kilómetros de nuestro planeta; a fines de 1995 se perdió contacto con la Pioneer XI.
SETI continuaría intentando comunicarse de esta forma, pero aumentando su sofisticación, con el envío de las sondas espaciales Voyager I y II, en 1977, que en aquella ocasión transportaban un disco gramofónico (para tocadiscos), metálico, recubierto de oro y grabados en él una serie de sonidos propios de nuestro planeta y cultura; tecnológicos, de animales y otros tomados de la naturaleza, como terremotos, oleaje o vientos; 116 fotografías decodificables de lo más representativo del planeta, así como saludos en 55 idiomas, que incluyen 4 dialectos chinos, 5 lenguas muertas y 12 lenguas del sur de Asia a los eventuales destinatarios de las  Voyager. El saludo en español es: “Hola y saludos a todos”. Se grabó igualmente una selección de piezas musicales que van desde el estilo barroco y clásico, pasando por lo folklórico, el jazz y la ópera. La frase en latín “Per Aspera Ad Astra”, que significa: por lo difícil se llega a las estrellas, fue codificada en Morse como mensaje inspirador. Se espera que en 40.000 años más, estas naves podrían pasar por las cercanías de alguna estrella con posibilidades de vida, por lo que puede definirse como una especie de cápsula de tiempo humana y no un mensaje directo a seres estelares.
Los radiotelescopios, a diferencia de las sondas espaciales, son enormes receptores de radio, con antenas parabólicas tan grandes como estadios olímpicos, o conjuntos de antenas menores con orientación variable, cuyo propósito es captar pulsos consistentes, codificaciones y mensajes directos que pudieran ser de origen inteligente, enviados desde alguna parte del cosmos. La más famosa de estas instalaciones es el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, con un diámetro de 305 metros, es un gigantesco plato parabólico hecho de láminas de aluminio y cables de acero. Construido en 1963, fue el más grande hasta que los rusos pusieron en operaciones RATAN-600, el año 1974; diseñado como una antena circular, con un diámetro de 576 metros, es diferente al concepto de parábola emplazado en la isla caribeña, que aprovecha la depresión del terreno para obtener su forma. A ellos les siguen grupos ordenados de antenas individuales, menores en tamaño, llamados radio interferómetros, donde se destaca (con 30 parábolas orientables de 45 metros), el Giant Metrewave Radio Telescope (GMRT), ubicado en las cercanías de Poona, India Occidental. En Occidente se ubican el Allen Telescope Array (ATA), vinculado al proyecto SETI, contando con 42 antenas operativas desde 2006, pero proyectado a un total de 350. Menor en número de componentes, pero más antiguo (edificado en 1973), el Very Large Array (VLA), posee 27 parábolas cuyos discos miden 25 metros, sin embargo es muchísimo más famoso por su aparición en el cine y la cultura popular.
En 1974 se envió desde el gigantesco radiotelescopio puertorriqueño, una señal llamada Mensaje de Arecibo, en dirección a la constelación de Hércules, y fue una transmisión radial codificada según el sistema binario, en clave de números primos, cuyo diseño fue en parte obra de Carl Sagan, quien lo pensó de tal forma que pudiese ser descifrado y leído de cualquier forma posible por parte de entidades inteligentes. Describe su fuente de origen, la composición del ADN, al ser humano y la ubicación del planeta Tierra dentro del Sistema Solar, entre otras referencias.

Radio observadores del observatorio radial “Big Ear” (Ohio, EE.UU.), captaron en agosto de 1977 lo que se conoce como Señal Wow!, por la anotación de sorpresa escrita en el registro de la misma una vez analizada. Sería una alteración sobre el ruido de fondo captado por el instrumento empleado en la observación, con una duración de 72 segundos, cuyos patrones no se ajustaban a las señales descartables que frecuentemente llegaban a la antena. Fue radiada en la misma frecuencia del átomo de hidrógeno (1420 Mhz.), siendo éste el elemento más abundante del Universo. Entre las explicaciones dadas al fenómeno, se han aceptado más éstas:
*Una señal procedente de un satélite artificial en órbita, que interfirió en el momento de   observación.
*El eco de un evento astronómico con enorme potencia, creando una anomalía del ruido de fondo.
*Fue una serie de pulsos enviados por una civilización extraterrestre, con un transmisor lo suficientemente potente como para llegar a nuestro planeta.

En la constante y permanente búsqueda a las grandes interrogantes del cosmos, enviamos y esperamos mensajes; tal vez hemos recibido alguno, pero está claro que deseamos como civilización establecer contacto con alguien allá afuera. ¿Habrá respuesta?

Para Tejemedios
Profesor José Antonio Soto

EL ANILLO OSCURO DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS

El pasado 27 de julio hemos presenciado en directo la apertura número XXX de los Juegos Olímpicos Modernos, instalados esta vez en Londres, capital del Reino Unido y en otra época sede metropolitana del omnímodo poder del Imperio Británico, cuyo dominio se extendió por los cinco continentes y una cuarta parte de la población mundial. Por tercera vez la capital inglesa se convertía en sede del conjunto de competencias que vienen realizándose desde 1896, cuando el barón francés Pierre de Coubertin, un pedagogo inclinado por los deportes atléticos, logra su realización en Atenas, luego de tenaces esfuerzos para conseguir apoyo oficial y patrocinios económicos; de ese modo, y con la frase ritual: ”Declaro abiertos los Primeros Juegos Olímpicos Internacionales de Atenas”, el Duque de Esparta, príncipe heredero de Grecia y futuro rey Constantino I, abría la nueva era del deporte olímpico, bajo el lema “LO ESENCIAL EN LA VIDA NO ES VENCER, SINO LUCHAR BIEN”

En adelante, los grandes atletas internacionales, representarían a sus países en encuentros realizados cada cuatro años, y los únicos juegos suspendidos en la era moderna fueron Berlín 1916, debido a la Primera Guerra Mundial; después Helsinki 1940 y Londres 1944, a causa de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo han ocurrido algunos incidentes durante su desarrollo que empañaron el espíritu deportivo universal que convocó aquellas primeras competencias a fines del siglo XIX.

Durante los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Berlín, antigua capital del reino de Prusia y sede del poder nazi, era la anfitriona de los XI Juegos, toda la maquinaria del III Reich elaboró una puesta en escena propagandística descomunal, que tenía por objetivo mostrar al resto del mundo la supuesta superioridad racial aria. Los principales encargados de materializar aquel delirio hitleriano fueron el ministro de propaganda Joseph Goebbels, a quien se debió en buena medida la difusión del nazismo y el adoctrinamiento de la población alemana; Albert Speer, arquitecto responsable del estilo exagerado con que Hitler demostraba su poder, dentro del concepto de las antiguas glorias teutónicas y la cineasta Leni Riefenstahl, quien con su cámara, decorados y un gigantesco diseño de producción, daría a conocer a los espectadores cinematográficos del planeta todo el poderío material y político del partido nacionalsocialista, en un evento de convocatoria mundial. Así, inmediatamente antes de aparecer el fürer en escena, para dar el discurso inaugural, tras los enormes micrófonos Telefunken, un dirigible del tipo Hindenburg sobrevoló el Berliner Olympiastadion, ornamentado con cruces esvásticas, los colores del partido y las amenazantes águilas del Reich. Alemania mostraba a través de su tecnología, arquitectura monumental y despliegue escenográfico, los logros alcanzados por el partido nazi e intentaría demostrar que los germanos étnicamente puros podían superar en el deporte a competidores supuestamente “inferiores”.

Muy de acuerdo con la política racial de ese momento, los alemanes habían seleccionado muy bien a sus representantes, quedando así descalificada la atleta Gretel Bergmann, cuyo record de salto nacional le daba clasificación olímpica, pero por ser judía quedaba automáticamente fuera de las competencias. Durante el desarrollo de las competencias los incidentes raciales no se hicieron esperar y fue el encuentro de fútbol entre Austria y Perú una de aquellas  situaciones donde la manipulación y las prácticas antideportivas quedaron abiertamente demostradas. El resultado del balompié dio la ventaja al equipo sudamericano sobre el europeo por 4 tantos contra 2. Esgrimiendo  una serie de argumentos rebuscados y absurdos, loa austríacos exigieron la revancha, que les fue concedida pasando por alto las reglas deportivas prescritas para el evento olímpico, con la anuencia del COI y la FIFA; se jugaría en un campo deportivo cerrado. Ante esta acción calificada por los afectados como arbitraria y discriminatoria, la delegación deportiva peruana dejó Alemania junto a la de Colombia. El juego nunca realizado dio por defecto ganadora a Austria.
Pero sin duda el incidente racial más notable de esta edición de los Juegos Olímpicos fue  protagonizado por el atleta afroamericano, representante de EE.UU., Jesse Owens, especialista en carreras de corta distancia, salto y relevos, ganador de 4 oros olímpicos en esta ocasión, medallas qué, en teoría, debían haber sido para competidores alemanes. Hasta hoy se ha dicho que Adolf Hitler no saludó personalmente al deportista por considerar humillantes sus triunfos para el pueblo alemán, basándose en las teorías de superioridad con que el III Reich clasificaba a los seres humanos; un hombre de color no podía ni tenía derecho a vencer en competencia alguna a un caucásico de ascendencia nórdica, rezaba el precepto nazi. El dictador alemán, sin estar obligado por el protocolo, sólo saludó a los dos primero ganadores, lo que excluía a Owens y a otros alemanes incluso, dando con ello pie a un mito muy bien alimentado por la prensa norteamericana que persiste actualmente. Paradójicamente el cuatro veces medallista de oro tampoco recibió el reconocimiento del presidente de su propio país, donde se desarrollarían pronto elecciones y Franklin Delano  Roosvelt iba a la reelección, entonces el mandatario no consideró apropiado invitarle a la Casa Blanca para un homenaje personal, pues necesitaba los votos de los estados sureños del país, que apoyaban la segregación racial.

El oscuro anecdotario que ha jalonado los Juegos Olímpicos de cuando en cuando nos lleva de nuevo a Alemania, aunque lo ocurrido en Munich 1972, ocasión de los XX juegos, fue un evento extradeportivo, tuvo tal impacto internacional que en adelante, se le asociaría al evento deportivo que deseaba pasar a la historia con el nombre de: “los juegos serenos”.

La ciudad anfitriona de esta nueva convocatoria deportiva, capital del rico e industrializado estado de Baviera, el mayor de cuantos integraban la desaparecida República Federal Alemana o Alemania  Occidental, quería demostrar ante el mundo que en el deporte no había divisiones políticas o ideológicas, a pesar que la propia Alemania se hallaba dividida, al igual que Europa,  desde los inicios de la Guerra Fría. Con estos ideales se inauguró el encuentro el 26 de agosto y las competencias fueron desarrollándose con absoluta normalidad hasta el 5 de septiembre, fecha que pasaría a denominarse La masacre de Munich, por la muerte de 11 atletas israelíes a manos de fanáticos palestinos.

Ese día, cerca de las 5 de la madrugada, una unidad de comandos terroristas palestinos, pertenecientes a la organización Septiembre Negro, irrumpieron en la villa olímpica, haciéndose pasar por deportistas rezagados después de una salida nocturna. Iban con buzos y bolsos deportivos para no levantar sospechas, aunque provistos de granadas y fusiles de asalto que emplearían para reducir cualquier resistencia y tomar así las instalaciones ocupadas por el grupo judío. En el asalto a los dormitorios, los atacantes dieron muerte a dos deportistas que intentaron evitar su entrada y tomaron como rehenes a otros nueve, dando así comienzo a una jornada de tensas negociaciones internacionales y a la cinematográfica trama de una cacería humana internacional apoyada por el propio Estado de Israel.

La petición palestina, a cambio de liberar a los prisioneros, era liberar a 234 palestinos detenidos en cárceles israelíes y otros 2 presos en Alemania; un vuelo con destino a Egipto debía sacarlos del país,  llevándolos a destino sanos y salvos. La respuesta de la Primer Ministro de Israel, Golda Meir, fue categórica y firme. En su declaración dijo: “no habrá negociación”. De todos modos, la policía de Munich, así como los embajadores de Túnez y Libia, intentaron lograr algún tipo de concesión con los secuestradores, ofreciéndoles dinero así como otras garantías, y eventualmente, ganar con ello tiempo para una intervención de las fuerzas especiales. Pasadas las 22 horas, mientras se convencía a los palestinos del arribo de un vuelo perteneciente a la aerolínea  Lufthansa, que los llevaría al El Cairo, dos helicópteros les transportaron a una base aérea que supuestamente era su punto de partida hacia Oriente Medio. El rescate debía llevarse a cabo en el aeródromo designado, al arribar el grupo de secuestrados. La precipitada planificación del operativo, así como la inexperiencia de los equipos de asalto apostados en la pista, desencadenaron el caos en el campo aéreo, resultando de ello la muerte de otros 9 israelíes, 4 palestinos, el piloto del segundo helicóptero y un policía alemán; sólo tres palestinos fueron arrestados al intentar huir ya que el resto había sido abatido.
El rechazo internacional al ataque no se hizo esperar, incluso en la voz de figuras prominentes del mundo árabe como el rey Hussein I de Jordania. Lo mismo ocurría en Occidente, pero a pesar de ello la Fuerza Aérea Israelí bombardeó instalaciones de la Organización para la Liberación Palestina en Siria y el Líbano, como acto de represalia contra la comunidad que se adjudicaba el hecho. Al mismo tiempo, la ministra Meir dio una orden ejecutiva para lanzar la operación de búsqueda y eliminación de los autores intelectuales y coordinadores del atentado, nombre clave Cólera  de Dios. Durante el período 1972-1981, la identificación, búsqueda y ejecución de objetivos árabes llevó a los agentes del servicio de inteligencia israelí, Mossad, a asesinar incluso a inocentes, confundidos con los supuestos participantes en el golpe contra su delegación deportiva.

Después de 24 horas de suspensión, los XX Juegos Olímpicos de Munich 1972 se reanudaron, pero la sombra de aquellas muertes permaneció en la comunidad deportiva y la cobertura mediática que acompañó la jornada no hizo más que servir de catalizador para aumentar una ya tensa relación entre el mundo árabe e israelí. La escalada de violencia no hacía más que empezar, secuestros de aviones comerciales, bombas, asesinatos selectivos y guerras focalizadas serían la tónica en los 15 años siguientes. Ahora, pasados 40 años de aquellos aciagos eventos, esperemos haber aprendido las lecciones, y que los pueblos se avoquen solamente a competir bajo los ideales del deporte y la fraternidad.

Para Tejemedios
Profesor José Antonio Soto