PRIMERA GUERRA DEL GOLFO

De seguro algunos recuerdan el verano de 1991, cuando pudimos ver en directo, gracias a la señal internacional de las siempre ubicuas cámaras de CNN, lo que con el tiempo pasó a llamarse, “Guerra del Golfo”. Un mundo en incipiente globalización estaba presenciando el último conflicto bélico a gran escala del siglo XX, donde la participación de EE.UU. estaba bajo escrutinio, pues aún se mantenía muy vivo el recuerdo de su derrota en Vietnam, con la estrepitosa caída de Saigón, en abril de 1975 como epílogo. La centuria final del segundo milenio de nuestra era estuvo jalonada de cuanta guerra pudo producirse en todo rincón posible del planeta, incluyendo dos conflictos mundiales, que demostraron la alianza letal entre el avance tecnológico y el propósito bélico. Desde la invención del tanque y las fuerzas aéreas, en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), hasta la Blitzkrieg o “guerra relámpago” y las bombas atómicas, en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), hombres y máquinas se mezclaron en un cóctel mortal que definiría los grandes enfrentamientos del futuro. Así fue.
Febrero del ’91 fue el clímax y etapa final de una guerra localizada en el nuevo polvorín del mundo: Oriente Medio. Para aquel entonces no eran árabes contra israelíes los protagonistas, habida cuenta del conflicto que arrastraban desde la creación del Estado de Israel en 1948, en tanto que la era de Gamal Abdel Nasser, el carismático líder pro soviético de Egipto, había terminado hacía dos décadas. La acción ahora se desplazaba hacia la Península Arábiga, que durante los años ’80 fue escenario de la guerra entre Irán e Iraq (1980-1988). El primero, gobernado por el clérigo fundamentalista musulmán y antioccidental impenitente, Ayatola Ruhollah Jomeini, llegado al poder mediante un golpe de estado que derrocó al gobernante tiránico, Sah Mohammad Reza Pahlevi, en 1979; el segundo, al mando del autocrático militar, dictador y asesino en masa, Saddam Hussein, quien accedió al gobierno por designación, también en 1979. Los afanes expansionistas de éste desencadenaron la contienda con su vecino del este al partir los ’80, durando casi toda la década. Pero las cosas no terminarían ahí, mucho menos dejando estables y pacificados aquellos dominios de la antigua Mesopotamia y Persia, porque al iniciarse el decenio final del siglo XX, los delirios de poder y el nacionalismo que caracterizaban al líder iraquí provocaron otra guerra, esta vez de alcances mucho mayores.
El 2 de agosto de 1990, unidades de la Guardia Republicana, nombre dado al eje del ejército iraquí, cruzaban la frontera con Kuwait en una maniobra de invasión lanzada desde la ciudad de Basora. Meticulosamente orquestada, no faltaron en ella las medidas de engaño y un complejo operativo de contrainteligencia, destinado a despistar a los servicios de inteligencia occidentales y kuwaitíes. Empleando vehículos blindados e infantería, fueron ocupando los principales puntos estratégicos del pequeño emirato petrolero, hasta tomar el control de Kuwait City, capital del Estado. Con aquellas acciones y tras deponer al emir, Sheikh Jaber III Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, Saddam Hussein declaraba anexionado a Iraq este país y proclamaba su liberación de la monarquía hereditaria que lo gobernaba.
Enterados de los hechos, las alarmas saltaron inmediatamente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y en la Liga Árabe; ambas instituciones rechazaron tajantemente el quebrantamiento de la paz y seguridad internacionales llevado a cabo por Iraq, quien atacó arbitrariamente, para ejercer control sobre la producción petrolera kuwaití, que según los agresores, perjudicaba su economía. Se sucedieron una serie de resoluciones por parte de la ONU, pero sería la nº 670 el documento que autorizaba el ataque a Iraq si Saddam Hussein no retiraba sus tropas de Kuwait como plazo máximo el 15 de enero de 1991. Los invasores no se retiraron y al día siguiente de la fecha consignada, una coalición de 31 países, liderados por Estados Unidos, quien estrenaría un arsenal tecnológico como nunca se vio antes en un campo de batalla, iniciaban el operativo militar que se conocería por su nombre clave: “Operación Tormenta del Desierto”. Esta ofensiva de la alianza árabe-occidental, la cual haría frente al dictador iraquí, debía liberar Kuwait y eliminar la capacidad militar del agresor en su propio territorio. Tal despliegue militar tuvo como centro de mando y control Riyad, capital de Arabia Saudita y desde ese reino árabe se llevarían a cabo las operaciones terrestres; los operativos aéreos estarían igualmente asistidos por cinco portaaviones norteamericanos, emplazados en aguas del Mar Rojo Y del Golfo Pérsico, lo que permitía controlar la actividad aérea en los extremos occidental y oriental de Arabia.
Además de los modernos aviones caza polivalentes F-16 “Fighting Falcon” y F-18 “Hornet”, de diseño convencional, voló sobre cielo enemigo el mortífero y sigiloso F-117 “Nighthawk”, una máquina voladora completamente negra, sin una sola curva en su estructura, como salida del cine de ciencia ficción, cuyo privilegio era ser invisible al radar y a otros medios de detección electrónica. Sin dependencia directa de las torres de control, blancos demasiado vulnerables, la Coalición tuvo sus puestos de alerta temprana y control aéreo en el aire, por medio de los Boeing E-3 “Sentry”, caracterizados por llevar sobre el fuselaje un enorme sensor de radar con forma de disco.
En tierra la tecnología también había hecho lo suyo y la guerra  del desierto revelaría un nuevo tanque, fiel al concepto del blindado de combate en su forma, pero con innovaciones hasta ese momento insospechadas en una máquina de su tipo. El M1A1 “Abrams”, fue el vehículo acorazado terrestre más moderno en servicio y su bautismo de fuego en Oriente Medio le enfrentaría a sus contrapartes menos tecnológicas, fabricadas en la ex Unión Soviética, el T-55, T-62 y el T-72; movido por una turbina de gas, con la capacidad de disparar en movimiento sobre los 2.5 km. de distancia, sofisticados sistemas de visión nocturna, detección calórica de objetivos, ajuste de puntería computarizado, protección reactiva contra impactos directos y empleando proyectiles con ojivas de uranio empobrecido, el único material capaz de romper todo tipo de blindaje, el “Abrams” inauguraba la generación de los “tanques principales de batalla”. Como apoyo a estas formidables estaciones de combate apareció la última versión del helicóptero de ataque. Aunque conocida desde la Guerra de Vietnam, esta modalidad de aeronave había alcanzado un nivel de desarrollo sin precedentes a inicios de los ’90, en la forma del AH-64 “Apache”, cuya apariencia de insecto prehistórico, su cañón automático de 30 mm. bajo el morro, guiado automáticamente por el ojo del artillero, los dispositivos de navegación y visión electrónica, que le permitían cumplir misiones en todo momento, junto las múltiples bombas y misiles antitanque que podía portar, le convirtieron en la pesadilla de los tanques y transportes terrestres iraquíes.
La experiencia militar hizo cambiar de estrategia al mando estadounidense, que ya no ordenaría los devastadores bombardeos de saturación, tan característicos de las últimas dos grandes guerras en que había participado, con destrucciones innecesarias y un costo muy elevado en objetivos y vidas civiles. Ahora estaba disponible el misil crucero, una pieza de ingeniería balística teledirigida, diseñada para atacar objetivos selectivos, evitando al máximo el daño colateral. Podían ser lanzados desde buques de guerra, submarinos y plataformas móviles terrestres, lo cual mejoraba notablemente su desempeño táctico. A este género de armas pertenecía el BGM-109 “Tomahawk”, con un alcance de hasta 1.600 km., capaz de transportar incluso una carga nuclear, guiado por radar, teledetección o señales de láser. Iraq haría lo propio lanzando los misiles balísticos tácticos “Scud Al-Hussein”, de los que se temía estuvieran cargados con agentes químicos o biológicos, según las amenazas de Saddam Hussein y los informes de inteligencia disponibles. Como contramedida ante tal posibilidad, Estados Unidos había creado un sistema de intercepción y eliminación para estos proyectiles, cuyo eje era el misil MIM-104 “Patriot”, un dispositivo tierra-aire de largo alcance que se instaló en Arabia Saudita e Israel, principales objetivos secundarios del país agresor.
El conflicto seguiría su curso hasta replegarse totalmente los iraquíes, el 28 de febrero del ’91, mostrándole al mundo un derroche de tecnología bélica que estremecía y hacía especular sobre las guerras del futuro, donde palabras como satélite, computadora e inteligencia electrónica serían comunes. La televisión mostraba imágenes de enfrentamientos blindados no vistos desde la Segunda Guerra Mundial y ciudades bajo fuego en plena noche, gracias a visores nocturnos. Cadáveres entre los escombros post bombardeo y chatarra militar quemándose en carreteras destruidas, fueron el cuadro final de unas fuerzas iraquíes en retirada, bajo el poder aplastante de un dispositivo bélico planeado para enfrentar a contingentes mucho mayores, aun cuando Iraq era en aquel entonces la cuarta potencia militar del planeta.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ ANTONIO SOTO
Profesor