LOS VERDADEROS INDIANA JONES

Seguramente a los no iniciados en la arqueología y el aporte de sus más notables representantes, les resultarán desconocidos nombres como Hiram Bingham III, Howard Carter, Heinrich Schliemann, Arthur John Evans, John Lloyd Stephens y John Devitt Stringfellow Pendlebury, entre otros. Pero si se señala que el ficticio arqueólogo, Doctor Henry Walton Jones Jr., conocido como “Indiana Jones” tiene mucho de ellos, las cosas cambian. Y es que en el aventurero cinematográfico se sintetizó mucho de lo que fueron las reales aventuras arqueológicas desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. Si se descartan las fuerzas sobrenaturales que debió enfrentar el hombre del látigo y el sombrero en sus cuatro películas, lo que vemos en ellas se acerca muchísimo a las proezas realizadas por los investigadores ya citados, que entre tanta peripecia, hicieron aportes fundamentales al estudio de algunas grandes civilizaciones del mundo antiguo.
A Hiram Bingham III, profesor de Historia en las Universidades de Harvard y Princeton, se le reconoce en la comunidad científica el haber descubierto, en 1911, unas misteriosas ruinas andinas y con ello dado a conocer la existencia de Machu Picchu, ciudadela inca, supuestamente  perdida y apenas esbozada en las crónicas españolas de la Conquista. Para hallarla, Bingham (estadounidense, nacido en Hawai), contó en esta empresa con el patrocinio de instituciones tan prestigiosas como La universidad de Yale y la National Geographic Society, teniendo que atravesar selvas, desfiladeros y puentes colgantes sobre el río Urubamba, en los remotos confines de las montañas de los Andes peruanos, hasta dar con ruinosos edificios, invadidos por la vegetación luego de estar abandonados por casi cuatro siglos. El resultado de sus investigaciones en este sitio arqueológico se publicó bajo el título: “La Ciudad Perdida de los Incas”, libro que hizo posible la difusión del descubrimiento.
El caso de Howard Carter es referente a aquellos apasionados o entusiastas en una disciplina, que sin tener estudios formales, sí poseen la tenacidad y perseverancia con que lograron hacerse de un lugar relevante en sus respectivos campos de estudio. Aunque nunca completó la educación secundaria, este hombre dotado de un enorme talento artístico, viajó como dibujante en una expedición a Egipto cuando apenas tenía diecisiete años; aprendiendo arqueología en terreno, con los años pasaría del arte a las excavaciones, que le llevaron al llamado descubrimiento arqueológico del siglo, cuando en 1922, contando con el apoyo financiero del noble y aristócrata inglés George Herbert, V Conde de Carnarvon, halló la tumba casi intacta del faraón Tutankamón, en el sitio funerario conocido como Valle de los Reyes, lugar de sepultura de varias dinastía reales egipcias, a orillas del río Nilo. Este hallazgo ha sido señalado como el mejor conservado de su tipo; el valor histórico y artístico de los objetos encontrados es, hasta la fecha, la más importante contribución a la egiptología jamás hecha. Las extrañas circunstancias que rodearon la muerte de su benefactor, al año siguiente de iniciados los trabajos en la cámara del tesoro real, dieron pie a que se propagara el rumor de la “maldición de Tutankamón”, atribuida a un supuesto conjuro hecho por los antiguos sacerdotes egipcios, para proteger la última morada de su señor.
Lo de Heinrich Schliemann tiene la particularidad de ser una aventura arqueológica con tintes románticos, protagonizada por un hombre hecho a sí mismo; millonario, aunque de orígenes muy humildes, sentía una pasión desbordante por los relatos de la antigua Grecia y logró dominar con gran fluidez las lenguas clásicas, así como más de una docena de idiomas conocidos. Contando con muchos recursos económicos y enorme determinación, se dio a la tarea de hallar Troya, ni más ni menos que esa legendaria ciudad gobernada por el mítico rey Príamo, cantada desde hacía miles de años en las rapsodias del poeta Homero. Con autorización del gobierno turco, Schliemann comenzó sus excavaciones a partir de 1870 en Hisarlik, una colina en el área costera de Anatolia (Turquía), donde se creía había estado edificada Ilión, antiguo nombre de la ciudad homérica. Convencido de ir tras la pista de un lugar cierto, pero únicamente mencionado en la literatura clásica, siguió perseverando en el intento de dar con las ruinas de aquellos majestuosos palacios que evocaba desde su niñez. Tuvo su triunfo en junio de 1873, cuando halló el famoso “Tesoro de Príamo”, como él mismo lo llamó, y según su juicio, correspondiente a los aposentos de la fortaleza asaltada por los griegos en su famoso caballo de madera. Investigaciones posteriores, realizadas en el siglo XX, indicarían que el estrato arqueológico llamado “Troya VI” correspondería al sitio de la guerra entre griegos y troyanos, y no al nivel “Troya II”, propuesto por el arqueólogo alemán.
Sir Arthur John Evans tiene el mérito de ser el descubridor y principal excavador del Palacio de Cnosos, sin duda la más sobresaliente muestra de la arquitectura y arte minoico. Esta civilización fue también conocida como cretense, por su desarrollo en la isla de Creta, justo al sur de Grecia. Evans, quien había estudiado en las universidades de Oxford y Gotinga, antes de partir a excavar en esta isla del Mediterráneo Oriental, hizo trabajos arqueológicos en Italia, Escandinavia y los Balcanes. Su idea era hallar el legendario palacio del rey Minos, figura del mito “El Laberinto del Minotauro” y una civilización anterior a la micénica. Al desenterrar el complejo palaciego de Cnosos en 1900, el arqueólogo británico quiso relacionarlo con el monarca mitológico y aquel laberinto donde se enviaban jóvenes al sacrificio, como ofrendas al minotauro que habitaba en él. Aunque no se le ha comprobado relación alguna con las fábulas y relatos alegóricos que quiso ver allí su descubridor, sí es un dato cierto de que se trata del palacio más antiguo de Europa y una rica muestra del refinado arte que alcanzó esta cultura de la Edad del Bronce. Los descubrimientos y aportes a la arqueología le valieron a este investigador el título nobiliario de Lord Minos de Creta.
John Lloyd Stephens es de aquellas figuras semi novelescas, cuya vida y viajes fueron muy propias de su tiempo, cuando las grandes potencias europeas estaban embarcadas en la aventura colonial de mediados del siglo XIX. Aunque muy dentro del estilo de los célebres viajeros victorianos, peregrinos impenitentes por los derroteros africanos y asiáticos, en nombre de Su Majestad y el Imperio, este norteamericano, con título de abogado, alguna vez viajero a través de Oriente Medio, Rusia y Grecia, ha quedado registrado en la crónica arqueológica gracias sus asombrosos descubrimientos del arte y arquitectura maya en Mesoamérica. Enviado a esta parte del mundo como diplomático de su gobierno en 1839, Stephens y su dibujante  Frederick Catherwood, llegaron a las ruinas de Copán (Honduras), haciendo una ruta a filo de machete y porteadores indígenas desde la entonces Honduras Británica, hoy Belice. Si bien antes del viaje de estos exploradores el militar irlandés Juan Galindo, llamado por algunos John Gallager,  hizo algunos trazados cartográficos de la zona, no hubo mayores estudios acerca de la cultura que edificó los monumentos allí ubicados. Como anécdota de esta exploración, este cronista yanqui llegó inclusive a comprar el sitio de Copán, por cincuenta dólares de la época, para así poder desarrollar de forma más cómoda su trabajo de campo, que junto a actividades posteriores en las regiones mexicanas de Yucatán y Palenque, lugar en que trazó los primeros levantamientos del “Templo de las Inscripciones”, constituyen la base para el estudio de la principal civilización de América Central. Publicó sus experiencias en estos viajes con el título: “Incidentes de viaje en América Central, Chiapas y Yucatán”, en dos volúmenes, acompañados de las excelentes ilustraciones que logró el arquitecto Catherwood.
En plena Segunda Guerra Mundial aparece otro británico en la escena arqueológica, nuevamente trabajando en Creta. John Devitt Stringfellow Pendlebury, quien a pesar de faltarle el ojo izquierdo y llevar en su lugar una prótesis de vidrio, había hecho una brillante carrera como atleta internacional desde sus tiempos universitarios en Cambrigde, pero un viaje a Creta y una visita a Micenas, en 1923, le despertaron un gran interés por la arqueología y las civilizaciones de la Antigüedad. Decidido a ser arqueólogo, en 1927 inició estudios de esta disciplina en Grecia, interesado tanto por hallazgos griegos como egipcios. En esos afanes se mantuvo alternando actividades entre Egipto y el Mediterráneo, excavando  “Tell el Amarna”, sitio arqueológico egipcio donde alguna vez tuvo su palacio el legendario faraón Akhenatón (siglo XIV a.C.) y Cnosos, al igual que su compatriota Arthur Evans a comienzos de siglo. Ambos lugares lo mantuvieron activo como arqueólogo de 1928 a 1936, en cargos como director de excavación y curador. El estallido de la Segunda Guerra Mundial lo sorprendió en suelo cretense, por lo cual su gobierno le llamó a Inglaterra para recibir entrenamiento militar y de inteligencia, pues sus conocimientos geográficos de la isla y los dialectos locales que dominaba, le hacían un importante colaborador en caso de enfrentar a los alemanes en ese lugar. Al lanzar los nazis su ofensiva contra Creta, Stringfellow se hallaba en la capital, Heraklion, desde donde comandó varias misiones del ejército local y algunos efectivos británicos contra las unidades de paracaidistas que tomaban por asalto ese punto insular. Fue en uno de esos combates donde halló la muerte, enfrentando a fuerzas enemigas. Era el 22 de mayo de 1941.
La conexión de Jones con la verdadera arqueología se encuentra en la reverencia que le hace el guionista de “La última Cruzada”, penúltima cinta de la serie, cuando cita el Dr. Jones —mientras dicta una clase en la universidad— al muy famoso y respetado arqueólogo inglés Sir William Matthew Flinders Petrie (a quien se le reconoce el mérito de ser pionero en utilizar un método sistemático al hacer estudios arqueológicos) y sus excavaciones de Naucratis (delta del Nilo, Egipto). De igual modo Flinders realizó trabajos en la legendaria ciudad egipcia de Tanis, lugar donde se halla la bíblica Arca de la Alianza en “Los Cazadores del Arca Perdida”, película estreno del aventurero. Podrán creer algunos que esto sólo se trata de guiños cultos para congraciarse el director del filme con la comunidad académica; pero sería más correcto creer lo contrario, que Steven Spielberg, quien llevó a la pantalla grande al mítico arqueólogo, hizo con el personaje un gran homenaje a las grandes aventuras arqueológicas. Así es que el cazador de reliquias sagradas fue creado según los episodios reales, protagonizados por personajes de carne y hueso, estudiosos, eruditos, viajeros, aventureros románticos, valientes y luchadores, en la inclaudicable  búsqueda de los secretos del pasado, bajo las arenas del desierto egipcio, u ocultos en las selváticas espesuras del trópico centroamericano; delirantes frente a tesoros fabulosos, bajo las ruinas de un mundo desaparecido hace miles de años o luchando cara a cara contra el III Reich. Los verdaderos “Indiana Jones”.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ ANTONIO SOTO
Profesor