El pasado 27 de julio hemos presenciado en directo la apertura número XXX de los Juegos Olímpicos Modernos, instalados esta vez en Londres, capital del Reino Unido y en otra época sede metropolitana del omnímodo poder del Imperio Británico, cuyo dominio se extendió por los cinco continentes y una cuarta parte de la población mundial. Por tercera vez la capital inglesa se convertía en sede del conjunto de competencias que vienen realizándose desde 1896, cuando el barón francés Pierre de Coubertin, un pedagogo inclinado por los deportes atléticos, logra su realización en Atenas, luego de tenaces esfuerzos para conseguir apoyo oficial y patrocinios económicos; de ese modo, y con la frase ritual: ”Declaro abiertos los Primeros Juegos Olímpicos Internacionales de Atenas”, el Duque de Esparta, príncipe heredero de Grecia y futuro rey Constantino I, abría la nueva era del deporte olímpico, bajo el lema “LO ESENCIAL EN LA VIDA NO ES VENCER, SINO LUCHAR BIEN”
En adelante, los grandes atletas internacionales, representarían a sus países en encuentros realizados cada cuatro años, y los únicos juegos suspendidos en la era moderna fueron Berlín 1916, debido a la Primera Guerra Mundial; después Helsinki 1940 y Londres 1944, a causa de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo han ocurrido algunos incidentes durante su desarrollo que empañaron el espíritu deportivo universal que convocó aquellas primeras competencias a fines del siglo XIX.
Durante los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Berlín, antigua capital del reino de Prusia y sede del poder nazi, era la anfitriona de los XI Juegos, toda la maquinaria del III Reich elaboró una puesta en escena propagandística descomunal, que tenía por objetivo mostrar al resto del mundo la supuesta superioridad racial aria. Los principales encargados de materializar aquel delirio hitleriano fueron el ministro de propaganda Joseph Goebbels, a quien se debió en buena medida la difusión del nazismo y el adoctrinamiento de la población alemana; Albert Speer, arquitecto responsable del estilo exagerado con que Hitler demostraba su poder, dentro del concepto de las antiguas glorias teutónicas y la cineasta Leni Riefenstahl, quien con su cámara, decorados y un gigantesco diseño de producción, daría a conocer a los espectadores cinematográficos del planeta todo el poderío material y político del partido nacionalsocialista, en un evento de convocatoria mundial. Así, inmediatamente antes de aparecer el fürer en escena, para dar el discurso inaugural, tras los enormes micrófonos Telefunken, un dirigible del tipo Hindenburg sobrevoló el Berliner Olympiastadion, ornamentado con cruces esvásticas, los colores del partido y las amenazantes águilas del Reich. Alemania mostraba a través de su tecnología, arquitectura monumental y despliegue escenográfico, los logros alcanzados por el partido nazi e intentaría demostrar que los germanos étnicamente puros podían superar en el deporte a competidores supuestamente “inferiores”.
Muy de acuerdo con la política racial de ese momento, los alemanes habían seleccionado muy bien a sus representantes, quedando así descalificada la atleta Gretel Bergmann, cuyo record de salto nacional le daba clasificación olímpica, pero por ser judía quedaba automáticamente fuera de las competencias. Durante el desarrollo de las competencias los incidentes raciales no se hicieron esperar y fue el encuentro de fútbol entre Austria y Perú una de aquellas situaciones donde la manipulación y las prácticas antideportivas quedaron abiertamente demostradas. El resultado del balompié dio la ventaja al equipo sudamericano sobre el europeo por 4 tantos contra 2. Esgrimiendo una serie de argumentos rebuscados y absurdos, loa austríacos exigieron la revancha, que les fue concedida pasando por alto las reglas deportivas prescritas para el evento olímpico, con la anuencia del COI y la FIFA ; se jugaría en un campo deportivo cerrado. Ante esta acción calificada por los afectados como arbitraria y discriminatoria, la delegación deportiva peruana dejó Alemania junto a la de Colombia. El juego nunca realizado dio por defecto ganadora a Austria.
Pero sin duda el incidente racial más notable de esta edición de los Juegos Olímpicos fue protagonizado por el atleta afroamericano, representante de EE.UU., Jesse Owens, especialista en carreras de corta distancia, salto y relevos, ganador de 4 oros olímpicos en esta ocasión, medallas qué, en teoría, debían haber sido para competidores alemanes. Hasta hoy se ha dicho que Adolf Hitler no saludó personalmente al deportista por considerar humillantes sus triunfos para el pueblo alemán, basándose en las teorías de superioridad con que el III Reich clasificaba a los seres humanos; un hombre de color no podía ni tenía derecho a vencer en competencia alguna a un caucásico de ascendencia nórdica, rezaba el precepto nazi. El dictador alemán, sin estar obligado por el protocolo, sólo saludó a los dos primero ganadores, lo que excluía a Owens y a otros alemanes incluso, dando con ello pie a un mito muy bien alimentado por la prensa norteamericana que persiste actualmente. Paradójicamente el cuatro veces medallista de oro tampoco recibió el reconocimiento del presidente de su propio país, donde se desarrollarían pronto elecciones y Franklin Delano Roosvelt iba a la reelección, entonces el mandatario no consideró apropiado invitarle a la Casa Blanca para un homenaje personal, pues necesitaba los votos de los estados sureños del país, que apoyaban la segregación racial.
El oscuro anecdotario que ha jalonado los Juegos Olímpicos de cuando en cuando nos lleva de nuevo a Alemania, aunque lo ocurrido en Munich 1972, ocasión de los XX juegos, fue un evento extradeportivo, tuvo tal impacto internacional que en adelante, se le asociaría al evento deportivo que deseaba pasar a la historia con el nombre de: “los juegos serenos”.
La ciudad anfitriona de esta nueva convocatoria deportiva, capital del rico e industrializado estado de Baviera, el mayor de cuantos integraban la desaparecida República Federal Alemana o Alemania Occidental, quería demostrar ante el mundo que en el deporte no había divisiones políticas o ideológicas, a pesar que la propia Alemania se hallaba dividida, al igual que Europa, desde los inicios de la Guerra Fría. Con estos ideales se inauguró el encuentro el 26 de agosto y las competencias fueron desarrollándose con absoluta normalidad hasta el 5 de septiembre, fecha que pasaría a denominarse La masacre de Munich, por la muerte de 11 atletas israelíes a manos de fanáticos palestinos.
Ese día, cerca de las 5 de la madrugada, una unidad de comandos terroristas palestinos, pertenecientes a la organización Septiembre Negro, irrumpieron en la villa olímpica, haciéndose pasar por deportistas rezagados después de una salida nocturna. Iban con buzos y bolsos deportivos para no levantar sospechas, aunque provistos de granadas y fusiles de asalto que emplearían para reducir cualquier resistencia y tomar así las instalaciones ocupadas por el grupo judío. En el asalto a los dormitorios, los atacantes dieron muerte a dos deportistas que intentaron evitar su entrada y tomaron como rehenes a otros nueve, dando así comienzo a una jornada de tensas negociaciones internacionales y a la cinematográfica trama de una cacería humana internacional apoyada por el propio Estado de Israel.
La petición palestina, a cambio de liberar a los prisioneros, era liberar a 234 palestinos detenidos en cárceles israelíes y otros 2 presos en Alemania; un vuelo con destino a Egipto debía sacarlos del país, llevándolos a destino sanos y salvos. La respuesta de la Primer Ministro de Israel, Golda Meir, fue categórica y firme. En su declaración dijo: “no habrá negociación”. De todos modos, la policía de Munich, así como los embajadores de Túnez y Libia, intentaron lograr algún tipo de concesión con los secuestradores, ofreciéndoles dinero así como otras garantías, y eventualmente, ganar con ello tiempo para una intervención de las fuerzas especiales. Pasadas las 22 horas, mientras se convencía a los palestinos del arribo de un vuelo perteneciente a la aerolínea Lufthansa, que los llevaría al El Cairo, dos helicópteros les transportaron a una base aérea que supuestamente era su punto de partida hacia Oriente Medio. El rescate debía llevarse a cabo en el aeródromo designado, al arribar el grupo de secuestrados. La precipitada planificación del operativo, así como la inexperiencia de los equipos de asalto apostados en la pista, desencadenaron el caos en el campo aéreo, resultando de ello la muerte de otros 9 israelíes, 4 palestinos, el piloto del segundo helicóptero y un policía alemán; sólo tres palestinos fueron arrestados al intentar huir ya que el resto había sido abatido.
El rechazo internacional al ataque no se hizo esperar, incluso en la voz de figuras prominentes del mundo árabe como el rey Hussein I de Jordania. Lo mismo ocurría en Occidente, pero a pesar de ello la Fuerza Aérea Israelí bombardeó instalaciones de la Organización para la Liberación Palestina en Siria y el Líbano, como acto de represalia contra la comunidad que se adjudicaba el hecho. Al mismo tiempo, la ministra Meir dio una orden ejecutiva para lanzar la operación de búsqueda y eliminación de los autores intelectuales y coordinadores del atentado, nombre clave Cólera de Dios. Durante el período 1972-1981, la identificación, búsqueda y ejecución de objetivos árabes llevó a los agentes del servicio de inteligencia israelí, Mossad, a asesinar incluso a inocentes, confundidos con los supuestos participantes en el golpe contra su delegación deportiva.
Después de 24 horas de suspensión, los XX Juegos Olímpicos de Munich 1972 se reanudaron, pero la sombra de aquellas muertes permaneció en la comunidad deportiva y la cobertura mediática que acompañó la jornada no hizo más que servir de catalizador para aumentar una ya tensa relación entre el mundo árabe e israelí. La escalada de violencia no hacía más que empezar, secuestros de aviones comerciales, bombas, asesinatos selectivos y guerras focalizadas serían la tónica en los 15 años siguientes. Ahora, pasados 40 años de aquellos aciagos eventos, esperemos haber aprendido las lecciones, y que los pueblos se avoquen solamente a competir bajo los ideales del deporte y la fraternidad.
Para Tejemedios
Profesor José Antonio Soto