Si existe un argumento recurrente en las tramas de ciencia ficción que día a día nos ofrecen las editoriales o el cine, ese es sin duda el contacto con culturas extraterrestres, sean estas visitantes, cuando aparece el consabido artefacto volador, accidentado en un remoto desierto, o amenazante sobre alguna gran capital mundial; también es el frecuente objeto de estudio por parte de aquellas potencias con capacidad para costear una agencia espacial que envíe a los correspondientes exploradores interplanetarios y estos lleven desde la Tierra los saludos de paz y amistad por parte nuestra.
Si a lo anterior le excluimos toda cuota de elementos ficticios, encontraremos que sí existe una iniciativa formal y seria para establecer contacto con culturas inteligentes dondequiera que se hallen en el Espacio. Se trata del Proyecto SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence): búsqueda de inteligencia extraterrestre. En funcionamiento desde los años ’70, e impulsado por el astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador científico estadounidense Carl Sagan (1932-1996), con patrocinio de la NASA, SETI se ha servido de las tecnologías de exploración cósmica más vanguardistas conocidas hasta hoy, como sondas espaciales, que se desplazan actualmente en trayectorias externas al Sistema Solar y radiotelescopios, los cuales “escuchan,” y entregan datos para decodificación, de las transmisiones radiales procedentes del cosmos hasta determinar su procedencia y naturaleza.
Al igual que los mensajes puestos dentro de una botella y lanzados al mar, a la espera de ser encontrados alguna vez y respondidos al remitente, una modalidad de SETI funciona de manera análoga. Así fue que, en 1972, la sonda espacial Pioneer X, con destino a Júpiter y Saturno, se convirtió en la primera portadora de una placa grabada con símbolos y esquemas representativos de la especie humana, a instancias del propio Sagan, quien la ideó y promovió. Entre lo indicado en ella se destaca una figura masculina y otra femenina, puestas en referencia de tamaño respecto a un dibujo de la Pioneer, la ubicación de la Tierra con respecto al Sol y demás planetas de nuestro sistema, el trayecto recorrido por la sonda desde su punto inicial y la fuente del pulso electromagnético originado por un átomo de hidrógeno, el elemento más abundante del Universo. La misma inscripción se envió en la misión exploratoria de la Pioneer XI, enviada al mismo destino en 1973. Se espera que por su simplicidad y los datos técnicos descritos en ella, cualquier cultura tecnológica debiera comprenderla. El último contacto con la primera de estas sondas se hizo a comienzos de 2003, cuando se encontraba a 12 mil millones de kilómetros de nuestro planeta; a fines de 1995 se perdió contacto con la Pioneer XI.
SETI continuaría intentando comunicarse de esta forma, pero aumentando su sofisticación, con el envío de las sondas espaciales Voyager I y II, en 1977, que en aquella ocasión transportaban un disco gramofónico (para tocadiscos), metálico, recubierto de oro y grabados en él una serie de sonidos propios de nuestro planeta y cultura; tecnológicos, de animales y otros tomados de la naturaleza, como terremotos, oleaje o vientos; 116 fotografías decodificables de lo más representativo del planeta, así como saludos en 55 idiomas, que incluyen 4 dialectos chinos, 5 lenguas muertas y 12 lenguas del sur de Asia a los eventuales destinatarios de las Voyager. El saludo en español es: “Hola y saludos a todos”. Se grabó igualmente una selección de piezas musicales que van desde el estilo barroco y clásico, pasando por lo folklórico, el jazz y la ópera. La frase en latín “Per Aspera Ad Astra”, que significa: por lo difícil se llega a las estrellas, fue codificada en Morse como mensaje inspirador. Se espera que en 40.000 años más, estas naves podrían pasar por las cercanías de alguna estrella con posibilidades de vida, por lo que puede definirse como una especie de cápsula de tiempo humana y no un mensaje directo a seres estelares.
Los radiotelescopios, a diferencia de las sondas espaciales, son enormes receptores de radio, con antenas parabólicas tan grandes como estadios olímpicos, o conjuntos de antenas menores con orientación variable, cuyo propósito es captar pulsos consistentes, codificaciones y mensajes directos que pudieran ser de origen inteligente, enviados desde alguna parte del cosmos. La más famosa de estas instalaciones es el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, con un diámetro de 305 metros , es un gigantesco plato parabólico hecho de láminas de aluminio y cables de acero. Construido en 1963, fue el más grande hasta que los rusos pusieron en operaciones RATAN-600, el año 1974; diseñado como una antena circular, con un diámetro de 576 metros , es diferente al concepto de parábola emplazado en la isla caribeña, que aprovecha la depresión del terreno para obtener su forma. A ellos les siguen grupos ordenados de antenas individuales, menores en tamaño, llamados radio interferómetros, donde se destaca (con 30 parábolas orientables de 45 metros ), el Giant Metrewave Radio Telescope (GMRT), ubicado en las cercanías de Poona, India Occidental. En Occidente se ubican el Allen Telescope Array (ATA), vinculado al proyecto SETI, contando con 42 antenas operativas desde 2006, pero proyectado a un total de 350. Menor en número de componentes, pero más antiguo (edificado en 1973), el Very Large Array (VLA), posee 27 parábolas cuyos discos miden 25 metros , sin embargo es muchísimo más famoso por su aparición en el cine y la cultura popular.
En 1974 se envió desde el gigantesco radiotelescopio puertorriqueño, una señal llamada Mensaje de Arecibo, en dirección a la constelación de Hércules, y fue una transmisión radial codificada según el sistema binario, en clave de números primos, cuyo diseño fue en parte obra de Carl Sagan, quien lo pensó de tal forma que pudiese ser descifrado y leído de cualquier forma posible por parte de entidades inteligentes. Describe su fuente de origen, la composición del ADN, al ser humano y la ubicación del planeta Tierra dentro del Sistema Solar, entre otras referencias.
Radio observadores del observatorio radial “Big Ear” (Ohio, EE.UU.), captaron en agosto de 1977 lo que se conoce como Señal Wow!, por la anotación de sorpresa escrita en el registro de la misma una vez analizada. Sería una alteración sobre el ruido de fondo captado por el instrumento empleado en la observación, con una duración de 72 segundos, cuyos patrones no se ajustaban a las señales descartables que frecuentemente llegaban a la antena. Fue radiada en la misma frecuencia del átomo de hidrógeno (1420 Mhz.), siendo éste el elemento más abundante del Universo. Entre las explicaciones dadas al fenómeno, se han aceptado más éstas:
*Una señal procedente de un satélite artificial en órbita, que interfirió en el momento de observación.
*El eco de un evento astronómico con enorme potencia, creando una anomalía del ruido de fondo.
*Fue una serie de pulsos enviados por una civilización extraterrestre, con un transmisor lo suficientemente potente como para llegar a nuestro planeta.
En la constante y permanente búsqueda a las grandes interrogantes del cosmos, enviamos y esperamos mensajes; tal vez hemos recibido alguno, pero está claro que deseamos como civilización establecer contacto con alguien allá afuera. ¿Habrá respuesta?
Para Tejemedios
Profesor José Antonio Soto