LOS VERDADEROS INDIANA JONES

Seguramente a los no iniciados en la arqueología y el aporte de sus más notables representantes, les resultarán desconocidos nombres como Hiram Bingham III, Howard Carter, Heinrich Schliemann, Arthur John Evans, John Lloyd Stephens y John Devitt Stringfellow Pendlebury, entre otros. Pero si se señala que el ficticio arqueólogo, Doctor Henry Walton Jones Jr., conocido como “Indiana Jones” tiene mucho de ellos, las cosas cambian. Y es que en el aventurero cinematográfico se sintetizó mucho de lo que fueron las reales aventuras arqueológicas desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. Si se descartan las fuerzas sobrenaturales que debió enfrentar el hombre del látigo y el sombrero en sus cuatro películas, lo que vemos en ellas se acerca muchísimo a las proezas realizadas por los investigadores ya citados, que entre tanta peripecia, hicieron aportes fundamentales al estudio de algunas grandes civilizaciones del mundo antiguo.
A Hiram Bingham III, profesor de Historia en las Universidades de Harvard y Princeton, se le reconoce en la comunidad científica el haber descubierto, en 1911, unas misteriosas ruinas andinas y con ello dado a conocer la existencia de Machu Picchu, ciudadela inca, supuestamente  perdida y apenas esbozada en las crónicas españolas de la Conquista. Para hallarla, Bingham (estadounidense, nacido en Hawai), contó en esta empresa con el patrocinio de instituciones tan prestigiosas como La universidad de Yale y la National Geographic Society, teniendo que atravesar selvas, desfiladeros y puentes colgantes sobre el río Urubamba, en los remotos confines de las montañas de los Andes peruanos, hasta dar con ruinosos edificios, invadidos por la vegetación luego de estar abandonados por casi cuatro siglos. El resultado de sus investigaciones en este sitio arqueológico se publicó bajo el título: “La Ciudad Perdida de los Incas”, libro que hizo posible la difusión del descubrimiento.
El caso de Howard Carter es referente a aquellos apasionados o entusiastas en una disciplina, que sin tener estudios formales, sí poseen la tenacidad y perseverancia con que lograron hacerse de un lugar relevante en sus respectivos campos de estudio. Aunque nunca completó la educación secundaria, este hombre dotado de un enorme talento artístico, viajó como dibujante en una expedición a Egipto cuando apenas tenía diecisiete años; aprendiendo arqueología en terreno, con los años pasaría del arte a las excavaciones, que le llevaron al llamado descubrimiento arqueológico del siglo, cuando en 1922, contando con el apoyo financiero del noble y aristócrata inglés George Herbert, V Conde de Carnarvon, halló la tumba casi intacta del faraón Tutankamón, en el sitio funerario conocido como Valle de los Reyes, lugar de sepultura de varias dinastía reales egipcias, a orillas del río Nilo. Este hallazgo ha sido señalado como el mejor conservado de su tipo; el valor histórico y artístico de los objetos encontrados es, hasta la fecha, la más importante contribución a la egiptología jamás hecha. Las extrañas circunstancias que rodearon la muerte de su benefactor, al año siguiente de iniciados los trabajos en la cámara del tesoro real, dieron pie a que se propagara el rumor de la “maldición de Tutankamón”, atribuida a un supuesto conjuro hecho por los antiguos sacerdotes egipcios, para proteger la última morada de su señor.
Lo de Heinrich Schliemann tiene la particularidad de ser una aventura arqueológica con tintes románticos, protagonizada por un hombre hecho a sí mismo; millonario, aunque de orígenes muy humildes, sentía una pasión desbordante por los relatos de la antigua Grecia y logró dominar con gran fluidez las lenguas clásicas, así como más de una docena de idiomas conocidos. Contando con muchos recursos económicos y enorme determinación, se dio a la tarea de hallar Troya, ni más ni menos que esa legendaria ciudad gobernada por el mítico rey Príamo, cantada desde hacía miles de años en las rapsodias del poeta Homero. Con autorización del gobierno turco, Schliemann comenzó sus excavaciones a partir de 1870 en Hisarlik, una colina en el área costera de Anatolia (Turquía), donde se creía había estado edificada Ilión, antiguo nombre de la ciudad homérica. Convencido de ir tras la pista de un lugar cierto, pero únicamente mencionado en la literatura clásica, siguió perseverando en el intento de dar con las ruinas de aquellos majestuosos palacios que evocaba desde su niñez. Tuvo su triunfo en junio de 1873, cuando halló el famoso “Tesoro de Príamo”, como él mismo lo llamó, y según su juicio, correspondiente a los aposentos de la fortaleza asaltada por los griegos en su famoso caballo de madera. Investigaciones posteriores, realizadas en el siglo XX, indicarían que el estrato arqueológico llamado “Troya VI” correspondería al sitio de la guerra entre griegos y troyanos, y no al nivel “Troya II”, propuesto por el arqueólogo alemán.
Sir Arthur John Evans tiene el mérito de ser el descubridor y principal excavador del Palacio de Cnosos, sin duda la más sobresaliente muestra de la arquitectura y arte minoico. Esta civilización fue también conocida como cretense, por su desarrollo en la isla de Creta, justo al sur de Grecia. Evans, quien había estudiado en las universidades de Oxford y Gotinga, antes de partir a excavar en esta isla del Mediterráneo Oriental, hizo trabajos arqueológicos en Italia, Escandinavia y los Balcanes. Su idea era hallar el legendario palacio del rey Minos, figura del mito “El Laberinto del Minotauro” y una civilización anterior a la micénica. Al desenterrar el complejo palaciego de Cnosos en 1900, el arqueólogo británico quiso relacionarlo con el monarca mitológico y aquel laberinto donde se enviaban jóvenes al sacrificio, como ofrendas al minotauro que habitaba en él. Aunque no se le ha comprobado relación alguna con las fábulas y relatos alegóricos que quiso ver allí su descubridor, sí es un dato cierto de que se trata del palacio más antiguo de Europa y una rica muestra del refinado arte que alcanzó esta cultura de la Edad del Bronce. Los descubrimientos y aportes a la arqueología le valieron a este investigador el título nobiliario de Lord Minos de Creta.
John Lloyd Stephens es de aquellas figuras semi novelescas, cuya vida y viajes fueron muy propias de su tiempo, cuando las grandes potencias europeas estaban embarcadas en la aventura colonial de mediados del siglo XIX. Aunque muy dentro del estilo de los célebres viajeros victorianos, peregrinos impenitentes por los derroteros africanos y asiáticos, en nombre de Su Majestad y el Imperio, este norteamericano, con título de abogado, alguna vez viajero a través de Oriente Medio, Rusia y Grecia, ha quedado registrado en la crónica arqueológica gracias sus asombrosos descubrimientos del arte y arquitectura maya en Mesoamérica. Enviado a esta parte del mundo como diplomático de su gobierno en 1839, Stephens y su dibujante  Frederick Catherwood, llegaron a las ruinas de Copán (Honduras), haciendo una ruta a filo de machete y porteadores indígenas desde la entonces Honduras Británica, hoy Belice. Si bien antes del viaje de estos exploradores el militar irlandés Juan Galindo, llamado por algunos John Gallager,  hizo algunos trazados cartográficos de la zona, no hubo mayores estudios acerca de la cultura que edificó los monumentos allí ubicados. Como anécdota de esta exploración, este cronista yanqui llegó inclusive a comprar el sitio de Copán, por cincuenta dólares de la época, para así poder desarrollar de forma más cómoda su trabajo de campo, que junto a actividades posteriores en las regiones mexicanas de Yucatán y Palenque, lugar en que trazó los primeros levantamientos del “Templo de las Inscripciones”, constituyen la base para el estudio de la principal civilización de América Central. Publicó sus experiencias en estos viajes con el título: “Incidentes de viaje en América Central, Chiapas y Yucatán”, en dos volúmenes, acompañados de las excelentes ilustraciones que logró el arquitecto Catherwood.
En plena Segunda Guerra Mundial aparece otro británico en la escena arqueológica, nuevamente trabajando en Creta. John Devitt Stringfellow Pendlebury, quien a pesar de faltarle el ojo izquierdo y llevar en su lugar una prótesis de vidrio, había hecho una brillante carrera como atleta internacional desde sus tiempos universitarios en Cambrigde, pero un viaje a Creta y una visita a Micenas, en 1923, le despertaron un gran interés por la arqueología y las civilizaciones de la Antigüedad. Decidido a ser arqueólogo, en 1927 inició estudios de esta disciplina en Grecia, interesado tanto por hallazgos griegos como egipcios. En esos afanes se mantuvo alternando actividades entre Egipto y el Mediterráneo, excavando  “Tell el Amarna”, sitio arqueológico egipcio donde alguna vez tuvo su palacio el legendario faraón Akhenatón (siglo XIV a.C.) y Cnosos, al igual que su compatriota Arthur Evans a comienzos de siglo. Ambos lugares lo mantuvieron activo como arqueólogo de 1928 a 1936, en cargos como director de excavación y curador. El estallido de la Segunda Guerra Mundial lo sorprendió en suelo cretense, por lo cual su gobierno le llamó a Inglaterra para recibir entrenamiento militar y de inteligencia, pues sus conocimientos geográficos de la isla y los dialectos locales que dominaba, le hacían un importante colaborador en caso de enfrentar a los alemanes en ese lugar. Al lanzar los nazis su ofensiva contra Creta, Stringfellow se hallaba en la capital, Heraklion, desde donde comandó varias misiones del ejército local y algunos efectivos británicos contra las unidades de paracaidistas que tomaban por asalto ese punto insular. Fue en uno de esos combates donde halló la muerte, enfrentando a fuerzas enemigas. Era el 22 de mayo de 1941.
La conexión de Jones con la verdadera arqueología se encuentra en la reverencia que le hace el guionista de “La última Cruzada”, penúltima cinta de la serie, cuando cita el Dr. Jones —mientras dicta una clase en la universidad— al muy famoso y respetado arqueólogo inglés Sir William Matthew Flinders Petrie (a quien se le reconoce el mérito de ser pionero en utilizar un método sistemático al hacer estudios arqueológicos) y sus excavaciones de Naucratis (delta del Nilo, Egipto). De igual modo Flinders realizó trabajos en la legendaria ciudad egipcia de Tanis, lugar donde se halla la bíblica Arca de la Alianza en “Los Cazadores del Arca Perdida”, película estreno del aventurero. Podrán creer algunos que esto sólo se trata de guiños cultos para congraciarse el director del filme con la comunidad académica; pero sería más correcto creer lo contrario, que Steven Spielberg, quien llevó a la pantalla grande al mítico arqueólogo, hizo con el personaje un gran homenaje a las grandes aventuras arqueológicas. Así es que el cazador de reliquias sagradas fue creado según los episodios reales, protagonizados por personajes de carne y hueso, estudiosos, eruditos, viajeros, aventureros románticos, valientes y luchadores, en la inclaudicable  búsqueda de los secretos del pasado, bajo las arenas del desierto egipcio, u ocultos en las selváticas espesuras del trópico centroamericano; delirantes frente a tesoros fabulosos, bajo las ruinas de un mundo desaparecido hace miles de años o luchando cara a cara contra el III Reich. Los verdaderos “Indiana Jones”.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ ANTONIO SOTO
Profesor

PRIMERA GUERRA DEL GOLFO

De seguro algunos recuerdan el verano de 1991, cuando pudimos ver en directo, gracias a la señal internacional de las siempre ubicuas cámaras de CNN, lo que con el tiempo pasó a llamarse, “Guerra del Golfo”. Un mundo en incipiente globalización estaba presenciando el último conflicto bélico a gran escala del siglo XX, donde la participación de EE.UU. estaba bajo escrutinio, pues aún se mantenía muy vivo el recuerdo de su derrota en Vietnam, con la estrepitosa caída de Saigón, en abril de 1975 como epílogo. La centuria final del segundo milenio de nuestra era estuvo jalonada de cuanta guerra pudo producirse en todo rincón posible del planeta, incluyendo dos conflictos mundiales, que demostraron la alianza letal entre el avance tecnológico y el propósito bélico. Desde la invención del tanque y las fuerzas aéreas, en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), hasta la Blitzkrieg o “guerra relámpago” y las bombas atómicas, en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), hombres y máquinas se mezclaron en un cóctel mortal que definiría los grandes enfrentamientos del futuro. Así fue.
Febrero del ’91 fue el clímax y etapa final de una guerra localizada en el nuevo polvorín del mundo: Oriente Medio. Para aquel entonces no eran árabes contra israelíes los protagonistas, habida cuenta del conflicto que arrastraban desde la creación del Estado de Israel en 1948, en tanto que la era de Gamal Abdel Nasser, el carismático líder pro soviético de Egipto, había terminado hacía dos décadas. La acción ahora se desplazaba hacia la Península Arábiga, que durante los años ’80 fue escenario de la guerra entre Irán e Iraq (1980-1988). El primero, gobernado por el clérigo fundamentalista musulmán y antioccidental impenitente, Ayatola Ruhollah Jomeini, llegado al poder mediante un golpe de estado que derrocó al gobernante tiránico, Sah Mohammad Reza Pahlevi, en 1979; el segundo, al mando del autocrático militar, dictador y asesino en masa, Saddam Hussein, quien accedió al gobierno por designación, también en 1979. Los afanes expansionistas de éste desencadenaron la contienda con su vecino del este al partir los ’80, durando casi toda la década. Pero las cosas no terminarían ahí, mucho menos dejando estables y pacificados aquellos dominios de la antigua Mesopotamia y Persia, porque al iniciarse el decenio final del siglo XX, los delirios de poder y el nacionalismo que caracterizaban al líder iraquí provocaron otra guerra, esta vez de alcances mucho mayores.
El 2 de agosto de 1990, unidades de la Guardia Republicana, nombre dado al eje del ejército iraquí, cruzaban la frontera con Kuwait en una maniobra de invasión lanzada desde la ciudad de Basora. Meticulosamente orquestada, no faltaron en ella las medidas de engaño y un complejo operativo de contrainteligencia, destinado a despistar a los servicios de inteligencia occidentales y kuwaitíes. Empleando vehículos blindados e infantería, fueron ocupando los principales puntos estratégicos del pequeño emirato petrolero, hasta tomar el control de Kuwait City, capital del Estado. Con aquellas acciones y tras deponer al emir, Sheikh Jaber III Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, Saddam Hussein declaraba anexionado a Iraq este país y proclamaba su liberación de la monarquía hereditaria que lo gobernaba.
Enterados de los hechos, las alarmas saltaron inmediatamente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y en la Liga Árabe; ambas instituciones rechazaron tajantemente el quebrantamiento de la paz y seguridad internacionales llevado a cabo por Iraq, quien atacó arbitrariamente, para ejercer control sobre la producción petrolera kuwaití, que según los agresores, perjudicaba su economía. Se sucedieron una serie de resoluciones por parte de la ONU, pero sería la nº 670 el documento que autorizaba el ataque a Iraq si Saddam Hussein no retiraba sus tropas de Kuwait como plazo máximo el 15 de enero de 1991. Los invasores no se retiraron y al día siguiente de la fecha consignada, una coalición de 31 países, liderados por Estados Unidos, quien estrenaría un arsenal tecnológico como nunca se vio antes en un campo de batalla, iniciaban el operativo militar que se conocería por su nombre clave: “Operación Tormenta del Desierto”. Esta ofensiva de la alianza árabe-occidental, la cual haría frente al dictador iraquí, debía liberar Kuwait y eliminar la capacidad militar del agresor en su propio territorio. Tal despliegue militar tuvo como centro de mando y control Riyad, capital de Arabia Saudita y desde ese reino árabe se llevarían a cabo las operaciones terrestres; los operativos aéreos estarían igualmente asistidos por cinco portaaviones norteamericanos, emplazados en aguas del Mar Rojo Y del Golfo Pérsico, lo que permitía controlar la actividad aérea en los extremos occidental y oriental de Arabia.
Además de los modernos aviones caza polivalentes F-16 “Fighting Falcon” y F-18 “Hornet”, de diseño convencional, voló sobre cielo enemigo el mortífero y sigiloso F-117 “Nighthawk”, una máquina voladora completamente negra, sin una sola curva en su estructura, como salida del cine de ciencia ficción, cuyo privilegio era ser invisible al radar y a otros medios de detección electrónica. Sin dependencia directa de las torres de control, blancos demasiado vulnerables, la Coalición tuvo sus puestos de alerta temprana y control aéreo en el aire, por medio de los Boeing E-3 “Sentry”, caracterizados por llevar sobre el fuselaje un enorme sensor de radar con forma de disco.
En tierra la tecnología también había hecho lo suyo y la guerra  del desierto revelaría un nuevo tanque, fiel al concepto del blindado de combate en su forma, pero con innovaciones hasta ese momento insospechadas en una máquina de su tipo. El M1A1 “Abrams”, fue el vehículo acorazado terrestre más moderno en servicio y su bautismo de fuego en Oriente Medio le enfrentaría a sus contrapartes menos tecnológicas, fabricadas en la ex Unión Soviética, el T-55, T-62 y el T-72; movido por una turbina de gas, con la capacidad de disparar en movimiento sobre los 2.5 km. de distancia, sofisticados sistemas de visión nocturna, detección calórica de objetivos, ajuste de puntería computarizado, protección reactiva contra impactos directos y empleando proyectiles con ojivas de uranio empobrecido, el único material capaz de romper todo tipo de blindaje, el “Abrams” inauguraba la generación de los “tanques principales de batalla”. Como apoyo a estas formidables estaciones de combate apareció la última versión del helicóptero de ataque. Aunque conocida desde la Guerra de Vietnam, esta modalidad de aeronave había alcanzado un nivel de desarrollo sin precedentes a inicios de los ’90, en la forma del AH-64 “Apache”, cuya apariencia de insecto prehistórico, su cañón automático de 30 mm. bajo el morro, guiado automáticamente por el ojo del artillero, los dispositivos de navegación y visión electrónica, que le permitían cumplir misiones en todo momento, junto las múltiples bombas y misiles antitanque que podía portar, le convirtieron en la pesadilla de los tanques y transportes terrestres iraquíes.
La experiencia militar hizo cambiar de estrategia al mando estadounidense, que ya no ordenaría los devastadores bombardeos de saturación, tan característicos de las últimas dos grandes guerras en que había participado, con destrucciones innecesarias y un costo muy elevado en objetivos y vidas civiles. Ahora estaba disponible el misil crucero, una pieza de ingeniería balística teledirigida, diseñada para atacar objetivos selectivos, evitando al máximo el daño colateral. Podían ser lanzados desde buques de guerra, submarinos y plataformas móviles terrestres, lo cual mejoraba notablemente su desempeño táctico. A este género de armas pertenecía el BGM-109 “Tomahawk”, con un alcance de hasta 1.600 km., capaz de transportar incluso una carga nuclear, guiado por radar, teledetección o señales de láser. Iraq haría lo propio lanzando los misiles balísticos tácticos “Scud Al-Hussein”, de los que se temía estuvieran cargados con agentes químicos o biológicos, según las amenazas de Saddam Hussein y los informes de inteligencia disponibles. Como contramedida ante tal posibilidad, Estados Unidos había creado un sistema de intercepción y eliminación para estos proyectiles, cuyo eje era el misil MIM-104 “Patriot”, un dispositivo tierra-aire de largo alcance que se instaló en Arabia Saudita e Israel, principales objetivos secundarios del país agresor.
El conflicto seguiría su curso hasta replegarse totalmente los iraquíes, el 28 de febrero del ’91, mostrándole al mundo un derroche de tecnología bélica que estremecía y hacía especular sobre las guerras del futuro, donde palabras como satélite, computadora e inteligencia electrónica serían comunes. La televisión mostraba imágenes de enfrentamientos blindados no vistos desde la Segunda Guerra Mundial y ciudades bajo fuego en plena noche, gracias a visores nocturnos. Cadáveres entre los escombros post bombardeo y chatarra militar quemándose en carreteras destruidas, fueron el cuadro final de unas fuerzas iraquíes en retirada, bajo el poder aplastante de un dispositivo bélico planeado para enfrentar a contingentes mucho mayores, aun cuando Iraq era en aquel entonces la cuarta potencia militar del planeta.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ ANTONIO SOTO
Profesor

SU NOMBRE ES BOND, JAMES BOND…

El recién pasado año 2012 se cumplieron nada menos que cincuenta años del estreno cinematográfico de “Dr. No”, la primera película de la numerosa saga protagonizada por el incombustible agente 007, James Bond. El oficial de Su Majestad, con licencia para matar a los enemigos de Gran Bretaña hacía su aparición en los cines del mundo,  las fantasías de las damas y la envidia de los varones. Con él vendría una serie de elementos refinados en gusto, vanguardistas en tecnología y ostentosos en lujo; eso a cuestas y más de media docena de intérpretes en medio siglo, el hombre de impecable esmoquin, autos rápidos y disparos letales, ha obedecido a su soberana ciegamente y en ese patriótico ministerio la cultura británica encontró uno de sus embajadores más peculiares y duraderos.

Podría pensarse que Bond, al no ser un mero personaje de guión, sino el protagonista de varias novelas de espionaje, posee elementos que le han otorgado personalidad y carácter con los que pudo sobrevivir en la pantalla grande a su primera aparición allá por 1962, extraordinario logro si se tiene en cuenta que las segundas partes raramente superan a su capítulo iniciador. En realidad no se trata de eso, 007 fue creado de tal forma que resiste al desgaste tan propio del cine y su abuso con los personajes o conceptos de una trama. Su creador, Ian Fleming (1908- 1964), primero que todo le dio un nombre corto, común, anglosajón y masculino: James Bond, que por cierto era como se llamaba en realidad un respetado ornitólogo norteamericano, radicado en Jamaica, al momento de escribir Fleming en 1952 “Casino Royale”, primera aparición literaria del ficticio empleado del gobierno británico. A esa identidad se le dio una forma y un fondo muy consistente, lo cual ha permitido adaptarlo a los momentos propios de un mundo en plena Guerra Fría, hasta el complejo escenario internacional de la actualidad, con mega terrorismo, crímenes globales y líderes fundamentalistas. En ese peregrinar, este doble cero debió enfrentar los peligros que amenazaban al Reino Unido y también al mundo; asistido por curiosos artefactos tecnológicos, tantas veces adelantados a su época, Bond sabía arreglárselas frente a matones con mandíbulas de acero, sombreros de alas cortantes, bombas nucleares, narcotraficantes, rayos láser, sacerdotes vudú, magnates navieros con delirios de dominio mundial, herederas petroleras, tiburones, etc.

Alto, bien parecido, educado, de finos modales, atlético y entrenado para matar sin duda o cuestionamiento moral, más sus dotes de tahúr y encantos de playboy, 007 pudo superar su condición literaria y cinematográfica para convertirse en un ícono de la cultura popular contemporánea. Los escenarios exóticos de sus aventuras, el diseño siempre vanguardista que lo pone en escena, junto a sus hermosas compañeras y antagonistas, contribuyeron a crear esa ilusión duradera de un personaje que a estas alturas es ya casi de carne y hueso, aunque la producción cambie al actor que lo personifica y los momentos que vive sean muy variables o diferentes entre sí. Ayuda considerablemente a esto que sea un hombre soltero (técnicamente viudo, tras un muy breve matrimonio), sin pariente alguno, cuarentón permanente, ya que jamás se le ha representado cercano a los treinta años o demasiado maduro. Carecer de lazos emocionales permanentes y tener una edad que no acusa la inexperiencia de la juventud, ni se aproxima a una madurez vulnerable dejan al agente secreto en una neutralidad inmejorable para el adaptador de la novela o el guionista de cine.

Sin embargo, para perdurar, mantenerse y lograr tanta continuidad en el tiempo, este ficticio funcionario del MI6 (Inteligencia Exterior Británica), ha sido acompañado de símbolos distintivos que le identifican y hacen único en términos de estilo y personalidad. Y así es, pues no sólo se presenta como “Bond, James Bond”. Pide en los exclusivos bares que frecuenta un vodka Martini o un Martini seco, siempre agitado, nunca revuelto, lleve este trago aceitunas verdes o cáscara de limón, a veces acompañado de caviar negro del Mar Caspio y en su muñeca izquierda luzca un exclusivo cronógrafo fabricado por Omega, aunque también  ha consultado la hora en modelos de cuarzo hechos por la marca japonesa Seiko. Su arma de siempre es la alemana Walther PPK, con o sin silenciador, dependiendo de la misión, claro está; pero no hay duda de la experticia demostrada en toda clase de armas que su oficio requiere, lo cual queda muy claro,  tanto por su habilidad en esgrima de espada o la facilidad con que pilotea cazas a reacción.

Lo que sí merece un punto aparte es la tecnología y toda suerte de dispositivos que le son suministrados por la agencia para la cual trabaja. Se le ha visto tripulando desde transbordadores espaciales hasta mini submarinos con forma de cocodrilo; pudo cortar barrotes de una celda gracias a la tinta corrosiva que tenía en su pluma fuente; usó un teléfono celular que aturdía con descargas eléctricas; el llavero de su auto era una granada antipersonal; voló con una mochila de autopropulsión y cómo no, su reloj poseía un rayo láser capaz de traspasar una pulgada de acero, entre otros tantos trucos que lleva bajo su manga o los que forman parte de los lujosos automóviles que utilizó alguna vez, desde el Lotus Sprit que podía sumergirse y ser un funcional submarino en miniatura, capaz de lanzar misiles en pleno Mediterráneo, al Aston Martin Vanquish que se hacía invisible y desplegaba púas metálicas de sus neumáticos para correr en el hielo de Islandia. Las ametralladoras y el blindaje son estándar de todos los modelos.

Así, James Bond ha recorrido cinco décadas asesinando con psicopática frialdad en nombre de su reina, salvando al mundo entero de caer en manos de un género de villanos muy al estilo Bin Laden, jefes de organizaciones mega terroristas, cuyo poder y ambición bien pudieron desatar guerras mundiales o poner bajo amenaza al mundo con armas de destrucción masiva. Los enemigos casi seculares fueron esos agentes de la ex URSS, a cuya cabeza pusieron precio, pero ello no fue obstáculo para que sedujera y amara a una atractiva mayor del KGB, la implacable agencia de espionaje soviético.
De lo que no hay duda es de la frase que aparecía tras los créditos finales de cada película, cuando lo último que se leía era: “James Bond retornará…”

Para Tejemedios
Profesor José Antonio Soto

CRIPTOZOOLOGÍA

El folklore de todas las culturas del mundo está salpicado de relatos referentes a seres monstruosos o extraños, cuya existencia es afirmada ciegamente por algunos y rechazada sin apelación por otros tantos. Sin embargo, hay algunas de estas criaturas cuyo impacto es mucho más universal y eso los lleva a pertenecer a la cultura popular del planeta, ya sea por medio del cine, la literatura alternativa o la prensa sensacionalista, que los ubica ante la mirada de la opinión pública periódicamente. Sean reales o no, lo cierto es que nunca pasan sin llamar la atención del curioso o el indiferente.
Tal ha sido el interés por ellos, que hasta llegan a tener una ciencia que les “estudia” o intenta estudiar, si es que ello puede ser posible cuando no hay pruebas contundentes sobre su naturaleza, hábitos, biología, etc. En resumen, todo lo exigido por el método científico para acreditar que sí pertenecen al árbol biológico terrestre. La criptozoología (del griego: cryptos= oculto y zoos= animal) es aquel intento por asimilarlos al mundo de las entidades biológicas que están formalmente reconocidas dentro de la comunidad científica internacional. Si bien los criptozoólogos practican un tipo de investigación similar al de la zoología, el no haber demostrado que sus objetos de estudio posean entidad les aleja del mundo docto y serio, haciéndoles ver como un grupo de pseudo-científicos que siente gran pasión por buscar animales conocidos solamente en relatos folklóricos y tradiciones locales de diversas partes del mundo.
Entre estos animales hipotéticos o “críptidos”, tomados de la mitología o el folklore, sin duda sobresalen algunos cuya fama y difusión mediática casi los da por existentes. Es el caso de Pie Grande o Sasquatch, el cual sería una especie de primate cuyo hábitat se encontraría en la región noroeste del Pacífico de América del Norte. Estos individuos descritos vagamente por testigos circunstanciales, medirían sobre los 2 metros de estatura y su peso superaría los 150 kilos; cubiertos totalmente de vellosidad, cuyos tonos van desde el rojizo al negro, presentarían una morfología semejante a los gorilas africanos, aunque en el caso de estas criaturas serían totalmente bípedos. Desde filmaciones difusas hasta moldes de yeso sobre huellas frescas, mucha ha sido la evidencia presentada por quienes creen en que sí existe y sostienen la teoría de un remanente biológico, cuya población mayoritaria se extinguió durante el Pleistoceno, pero ha subsistido, con un muy reducido número de individuos, en zonas de bosque templado como la parte noroccidental de Estados Unidos.
Al otro lado del globo, en el área montañosa más alta de la tierra, un ser mitológico y folklórico al mismo tiempo, hace de los Himalaya su hogar y se arraiga firmemente en toda la tradición popular de los monstruos simiescos y solitarios; tan famoso como el  Sasquatch, el Yeti, o Abominable Hombre de las Nieves, es una figura común en los relatos tradicionales de Nepal y el Tibet. A diferencia del críptido norteamericano, a este supuesto simio gigante no descrito científicamente, se le ha dedicado mucho más atención y ha habido intentos sistemáticos, encabezados por científicos acreditados, para observar especímenes, pues los avistamientos serían mucho más frecuentes y mejor documentados que para el anterior. Expediciones de montañistas con destino al Annapurna, cumbre nepalí que pasa los 8000 metros de altura, afirman haberlo visto, pero biólogos y zoólogos insisten que un primate no podría vivir en bosques de altura y con vegetación principalmente conífera, pues deben alimentarse durante todo el año, lo cual es únicamente posible en regiones tropicales donde la fruta abunda en todas las estaciones. Igualmente aluden que tanto en el caso de Norteamérica como en el asiático, la presencia en todos los avistamientos de criaturas solitarias, aparentemente machos adultos, no es indicativa de que exista un grupo con la capacidad reproductiva para mantenerse en el tiempo. Aun así, en algunos monasterios budistas de esas montañas, los monjes aseguran poseer reliquias que serían restos del Yeti, y el arte local representa frecuentemente al ser que los lugareños conocen como el Mono Dorado.
Pasando a otra rama criptozoológica, el monstruo acuático por antonomasia es el del Lago Ness, llamado también Nessie, una criatura marina vista innumerables veces en Loch Ness (nombre dado al lago en dialecto escocés), localidad cercana a la ciudad de Inverness, Escocia. Es seguramente el misterio criptozoológico más difundido en el mundo y convergen en él una serie de elementos con los que se ha definido en muchos casos a esta disciplina informal paralela a la ciencia. Por ejemplo, el animal que debió extinguirse hace millones de años y ha sido visto en nuestra época. Con Nessie surgió la idea de un posible saurio marino superviviente a todos los eventos geológicos ocurridos desde la desaparición de los reptiles gigantes, hace 65 millones de años, y eso, entre otras cosas, significa haber soportado el impacto de un asteroide que acabó con la mitad de la vida en la tierra, cambios notables en la morfología de la corteza terrestre, incrementos y caídas en los niveles del oxígeno atmosférico; lo mismo ocurrió con las concentraciones de dióxido de carbono. Y si fuera poco lo anterior, soportó eras glaciales periódicas con aumentos y descensos significativos del nivel oceánico.
Aunque la biología, química y geología estén en contra de esta criatura calificada como serpiente marina o plesiosauro (reptil marino carnívoro del Cretácico), son muchísimos los testigos de sus apariciones en el lago escocés, cuyo turismo gira en torno a este críptido, que desde más de un siglo atrás ha venido sorprendiendo a quienes dicen haber tenido un encuentro visual con él. Ellos afirman que posee unas jorobas en su lomo escamoso, cuya cabeza es muy semejante a la de un cocodrilo, en el extremo de un largo cuello. Tal ha sido la publicidad generada por el monstruo, que existen hasta algunas fotografías fraudulentas donde aparece emergiendo de las aguas y desplazándose, como un animal acuático en propiedad, u otras, tomadas bajo el agua en ángulos difusos y sin la resolución requerida para identificarle correctamente. Sin embargo, es el único de los animales hipotéticos que recibió un nombre científico para identificarle: Nessiteras rhombopteryx, cuya traducción del latín es “el monstruo del lago Ness con aletas en forma de rombo”.
Como si algún entusiasta de las novelas de aventuras inglesas quisiera darle realidad a estos relatos tan descriptivos, en clave de “mundo perdido”, que fue un universo de ficción narrado magistralmente por Sir Arthur Conan Doyle, donde exploradores europeos llegan a un territorio detenido en el tiempo (inspirado en las mesetas de Roraima, Venezuela), en el cual habitan cavernícolas, dinosaurios y otros animales ya extintos, hay quienes afirman que en zonas fluviales y lacustres del corazón de África, República Popular del Congo y República Centroafricana, habita el llamado Mokèle-mbèmbé, un saurópodo, supuestamente sobreviviente a las eras geológicas del planeta. Éste, a diferencia del caso descrito en Escocia, sería un animal anfibio, pues las descripciones y relatos de los nativos lo sitúan en ríos y tierra firme. Por las condiciones geográficas de su supuesto hábitat, los registros gráficos y la información detallada acerca de su morfología son escasos, pero ello no ha impedido que se realizaran expediciones para dar con su ubicación. Muchas veces se le ha citado en el Lago Télé, en el Congo, donde según la crónica local, hace cincuenta años los Pigmeos, habitantes del lugar, capturaron y dieron muerte a uno de estos lagartos, al cual llaman “el que detiene las aguas”, esto por el tamaño de la bestia. Tal como ocurre con Nessie, los zoólogos, biólogos y geólogos, niegan categóricamente que un saurio gigante pudiera sobrevivir a todos los cambios radicales en la estructura continental del globo, así como a los colapsos climáticos que periódicamente presenta la tierra y que a la larga son factores de evolución biológica, haciendo desaparecer a ciertas especies para que otras predominen.
Sea cual fuere la naturaleza de estos animales no comprobados por la ciencia formal; si son delirio folklórico o cuento para asustar niños; confusión con otros seres conocidos, etc., no hay discusión acerca del interés y curiosidad que despiertan por lo elusivos o extraños que nos parecen, pero en ausencia de restos orgánicos, huesos, pruebas irrefutables de que existen (como ejemplares vivos) y material científico que los acredite como parte del reino animal, no pasarán de ser otro caso para estudio en el ámbito de los misterios populares.
Para Tejemedios: Profesor José Antonio Soto

¿HAY ALGUIEN ALLÁ AFUERA?

Si existe un argumento recurrente en las tramas de ciencia ficción que día a día nos ofrecen las editoriales o el cine, ese es sin duda el contacto con culturas extraterrestres, sean estas visitantes, cuando aparece el consabido artefacto volador, accidentado en un remoto desierto, o amenazante sobre alguna gran capital mundial; también es el frecuente objeto de estudio por parte de aquellas potencias con capacidad para costear una agencia espacial que envíe a los correspondientes exploradores interplanetarios y estos lleven desde la Tierra los saludos de paz y amistad por parte nuestra.
Si a lo anterior le excluimos toda cuota de elementos ficticios, encontraremos que sí existe una iniciativa formal y seria para establecer contacto con culturas inteligentes dondequiera que se hallen en el Espacio. Se trata del Proyecto SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence): búsqueda de inteligencia extraterrestre. En funcionamiento desde los años ’70, e impulsado por el astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador científico estadounidense Carl Sagan (1932-1996), con patrocinio de la NASA, SETI se ha servido de las tecnologías de exploración cósmica más vanguardistas conocidas hasta hoy, como sondas espaciales, que se desplazan actualmente en trayectorias externas al Sistema Solar y radiotelescopios, los cuales “escuchan,” y entregan datos para decodificación, de las transmisiones radiales procedentes del cosmos hasta determinar su procedencia y naturaleza.
Al igual que los mensajes puestos dentro de una botella y lanzados al mar, a la espera de ser encontrados alguna vez y respondidos al remitente, una modalidad de SETI funciona de manera análoga. Así fue que, en 1972, la sonda espacial Pioneer X, con destino a Júpiter y Saturno, se convirtió en la primera portadora de una placa grabada con símbolos y esquemas representativos de la especie humana, a instancias del propio Sagan, quien la ideó y promovió. Entre lo indicado en ella se destaca una figura masculina y otra femenina, puestas en referencia de tamaño respecto a un dibujo de la Pioneer, la ubicación de la Tierra con respecto al Sol y demás planetas de nuestro sistema, el trayecto recorrido por la sonda desde su punto inicial y la fuente del pulso electromagnético originado por un átomo de hidrógeno, el elemento más abundante del Universo. La misma inscripción se envió en la misión exploratoria de la Pioneer XI, enviada al mismo destino en 1973. Se espera que por su simplicidad y los datos técnicos descritos en ella, cualquier cultura tecnológica debiera comprenderla. El último contacto con la primera de estas sondas se hizo a comienzos de 2003, cuando se encontraba a 12 mil millones de kilómetros de nuestro planeta; a fines de 1995 se perdió contacto con la Pioneer XI.
SETI continuaría intentando comunicarse de esta forma, pero aumentando su sofisticación, con el envío de las sondas espaciales Voyager I y II, en 1977, que en aquella ocasión transportaban un disco gramofónico (para tocadiscos), metálico, recubierto de oro y grabados en él una serie de sonidos propios de nuestro planeta y cultura; tecnológicos, de animales y otros tomados de la naturaleza, como terremotos, oleaje o vientos; 116 fotografías decodificables de lo más representativo del planeta, así como saludos en 55 idiomas, que incluyen 4 dialectos chinos, 5 lenguas muertas y 12 lenguas del sur de Asia a los eventuales destinatarios de las  Voyager. El saludo en español es: “Hola y saludos a todos”. Se grabó igualmente una selección de piezas musicales que van desde el estilo barroco y clásico, pasando por lo folklórico, el jazz y la ópera. La frase en latín “Per Aspera Ad Astra”, que significa: por lo difícil se llega a las estrellas, fue codificada en Morse como mensaje inspirador. Se espera que en 40.000 años más, estas naves podrían pasar por las cercanías de alguna estrella con posibilidades de vida, por lo que puede definirse como una especie de cápsula de tiempo humana y no un mensaje directo a seres estelares.
Los radiotelescopios, a diferencia de las sondas espaciales, son enormes receptores de radio, con antenas parabólicas tan grandes como estadios olímpicos, o conjuntos de antenas menores con orientación variable, cuyo propósito es captar pulsos consistentes, codificaciones y mensajes directos que pudieran ser de origen inteligente, enviados desde alguna parte del cosmos. La más famosa de estas instalaciones es el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, con un diámetro de 305 metros, es un gigantesco plato parabólico hecho de láminas de aluminio y cables de acero. Construido en 1963, fue el más grande hasta que los rusos pusieron en operaciones RATAN-600, el año 1974; diseñado como una antena circular, con un diámetro de 576 metros, es diferente al concepto de parábola emplazado en la isla caribeña, que aprovecha la depresión del terreno para obtener su forma. A ellos les siguen grupos ordenados de antenas individuales, menores en tamaño, llamados radio interferómetros, donde se destaca (con 30 parábolas orientables de 45 metros), el Giant Metrewave Radio Telescope (GMRT), ubicado en las cercanías de Poona, India Occidental. En Occidente se ubican el Allen Telescope Array (ATA), vinculado al proyecto SETI, contando con 42 antenas operativas desde 2006, pero proyectado a un total de 350. Menor en número de componentes, pero más antiguo (edificado en 1973), el Very Large Array (VLA), posee 27 parábolas cuyos discos miden 25 metros, sin embargo es muchísimo más famoso por su aparición en el cine y la cultura popular.
En 1974 se envió desde el gigantesco radiotelescopio puertorriqueño, una señal llamada Mensaje de Arecibo, en dirección a la constelación de Hércules, y fue una transmisión radial codificada según el sistema binario, en clave de números primos, cuyo diseño fue en parte obra de Carl Sagan, quien lo pensó de tal forma que pudiese ser descifrado y leído de cualquier forma posible por parte de entidades inteligentes. Describe su fuente de origen, la composición del ADN, al ser humano y la ubicación del planeta Tierra dentro del Sistema Solar, entre otras referencias.

Radio observadores del observatorio radial “Big Ear” (Ohio, EE.UU.), captaron en agosto de 1977 lo que se conoce como Señal Wow!, por la anotación de sorpresa escrita en el registro de la misma una vez analizada. Sería una alteración sobre el ruido de fondo captado por el instrumento empleado en la observación, con una duración de 72 segundos, cuyos patrones no se ajustaban a las señales descartables que frecuentemente llegaban a la antena. Fue radiada en la misma frecuencia del átomo de hidrógeno (1420 Mhz.), siendo éste el elemento más abundante del Universo. Entre las explicaciones dadas al fenómeno, se han aceptado más éstas:
*Una señal procedente de un satélite artificial en órbita, que interfirió en el momento de   observación.
*El eco de un evento astronómico con enorme potencia, creando una anomalía del ruido de fondo.
*Fue una serie de pulsos enviados por una civilización extraterrestre, con un transmisor lo suficientemente potente como para llegar a nuestro planeta.

En la constante y permanente búsqueda a las grandes interrogantes del cosmos, enviamos y esperamos mensajes; tal vez hemos recibido alguno, pero está claro que deseamos como civilización establecer contacto con alguien allá afuera. ¿Habrá respuesta?

Para Tejemedios
Profesor José Antonio Soto

EL ANILLO OSCURO DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS

El pasado 27 de julio hemos presenciado en directo la apertura número XXX de los Juegos Olímpicos Modernos, instalados esta vez en Londres, capital del Reino Unido y en otra época sede metropolitana del omnímodo poder del Imperio Británico, cuyo dominio se extendió por los cinco continentes y una cuarta parte de la población mundial. Por tercera vez la capital inglesa se convertía en sede del conjunto de competencias que vienen realizándose desde 1896, cuando el barón francés Pierre de Coubertin, un pedagogo inclinado por los deportes atléticos, logra su realización en Atenas, luego de tenaces esfuerzos para conseguir apoyo oficial y patrocinios económicos; de ese modo, y con la frase ritual: ”Declaro abiertos los Primeros Juegos Olímpicos Internacionales de Atenas”, el Duque de Esparta, príncipe heredero de Grecia y futuro rey Constantino I, abría la nueva era del deporte olímpico, bajo el lema “LO ESENCIAL EN LA VIDA NO ES VENCER, SINO LUCHAR BIEN”

En adelante, los grandes atletas internacionales, representarían a sus países en encuentros realizados cada cuatro años, y los únicos juegos suspendidos en la era moderna fueron Berlín 1916, debido a la Primera Guerra Mundial; después Helsinki 1940 y Londres 1944, a causa de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo han ocurrido algunos incidentes durante su desarrollo que empañaron el espíritu deportivo universal que convocó aquellas primeras competencias a fines del siglo XIX.

Durante los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Berlín, antigua capital del reino de Prusia y sede del poder nazi, era la anfitriona de los XI Juegos, toda la maquinaria del III Reich elaboró una puesta en escena propagandística descomunal, que tenía por objetivo mostrar al resto del mundo la supuesta superioridad racial aria. Los principales encargados de materializar aquel delirio hitleriano fueron el ministro de propaganda Joseph Goebbels, a quien se debió en buena medida la difusión del nazismo y el adoctrinamiento de la población alemana; Albert Speer, arquitecto responsable del estilo exagerado con que Hitler demostraba su poder, dentro del concepto de las antiguas glorias teutónicas y la cineasta Leni Riefenstahl, quien con su cámara, decorados y un gigantesco diseño de producción, daría a conocer a los espectadores cinematográficos del planeta todo el poderío material y político del partido nacionalsocialista, en un evento de convocatoria mundial. Así, inmediatamente antes de aparecer el fürer en escena, para dar el discurso inaugural, tras los enormes micrófonos Telefunken, un dirigible del tipo Hindenburg sobrevoló el Berliner Olympiastadion, ornamentado con cruces esvásticas, los colores del partido y las amenazantes águilas del Reich. Alemania mostraba a través de su tecnología, arquitectura monumental y despliegue escenográfico, los logros alcanzados por el partido nazi e intentaría demostrar que los germanos étnicamente puros podían superar en el deporte a competidores supuestamente “inferiores”.

Muy de acuerdo con la política racial de ese momento, los alemanes habían seleccionado muy bien a sus representantes, quedando así descalificada la atleta Gretel Bergmann, cuyo record de salto nacional le daba clasificación olímpica, pero por ser judía quedaba automáticamente fuera de las competencias. Durante el desarrollo de las competencias los incidentes raciales no se hicieron esperar y fue el encuentro de fútbol entre Austria y Perú una de aquellas  situaciones donde la manipulación y las prácticas antideportivas quedaron abiertamente demostradas. El resultado del balompié dio la ventaja al equipo sudamericano sobre el europeo por 4 tantos contra 2. Esgrimiendo  una serie de argumentos rebuscados y absurdos, loa austríacos exigieron la revancha, que les fue concedida pasando por alto las reglas deportivas prescritas para el evento olímpico, con la anuencia del COI y la FIFA; se jugaría en un campo deportivo cerrado. Ante esta acción calificada por los afectados como arbitraria y discriminatoria, la delegación deportiva peruana dejó Alemania junto a la de Colombia. El juego nunca realizado dio por defecto ganadora a Austria.
Pero sin duda el incidente racial más notable de esta edición de los Juegos Olímpicos fue  protagonizado por el atleta afroamericano, representante de EE.UU., Jesse Owens, especialista en carreras de corta distancia, salto y relevos, ganador de 4 oros olímpicos en esta ocasión, medallas qué, en teoría, debían haber sido para competidores alemanes. Hasta hoy se ha dicho que Adolf Hitler no saludó personalmente al deportista por considerar humillantes sus triunfos para el pueblo alemán, basándose en las teorías de superioridad con que el III Reich clasificaba a los seres humanos; un hombre de color no podía ni tenía derecho a vencer en competencia alguna a un caucásico de ascendencia nórdica, rezaba el precepto nazi. El dictador alemán, sin estar obligado por el protocolo, sólo saludó a los dos primero ganadores, lo que excluía a Owens y a otros alemanes incluso, dando con ello pie a un mito muy bien alimentado por la prensa norteamericana que persiste actualmente. Paradójicamente el cuatro veces medallista de oro tampoco recibió el reconocimiento del presidente de su propio país, donde se desarrollarían pronto elecciones y Franklin Delano  Roosvelt iba a la reelección, entonces el mandatario no consideró apropiado invitarle a la Casa Blanca para un homenaje personal, pues necesitaba los votos de los estados sureños del país, que apoyaban la segregación racial.

El oscuro anecdotario que ha jalonado los Juegos Olímpicos de cuando en cuando nos lleva de nuevo a Alemania, aunque lo ocurrido en Munich 1972, ocasión de los XX juegos, fue un evento extradeportivo, tuvo tal impacto internacional que en adelante, se le asociaría al evento deportivo que deseaba pasar a la historia con el nombre de: “los juegos serenos”.

La ciudad anfitriona de esta nueva convocatoria deportiva, capital del rico e industrializado estado de Baviera, el mayor de cuantos integraban la desaparecida República Federal Alemana o Alemania  Occidental, quería demostrar ante el mundo que en el deporte no había divisiones políticas o ideológicas, a pesar que la propia Alemania se hallaba dividida, al igual que Europa,  desde los inicios de la Guerra Fría. Con estos ideales se inauguró el encuentro el 26 de agosto y las competencias fueron desarrollándose con absoluta normalidad hasta el 5 de septiembre, fecha que pasaría a denominarse La masacre de Munich, por la muerte de 11 atletas israelíes a manos de fanáticos palestinos.

Ese día, cerca de las 5 de la madrugada, una unidad de comandos terroristas palestinos, pertenecientes a la organización Septiembre Negro, irrumpieron en la villa olímpica, haciéndose pasar por deportistas rezagados después de una salida nocturna. Iban con buzos y bolsos deportivos para no levantar sospechas, aunque provistos de granadas y fusiles de asalto que emplearían para reducir cualquier resistencia y tomar así las instalaciones ocupadas por el grupo judío. En el asalto a los dormitorios, los atacantes dieron muerte a dos deportistas que intentaron evitar su entrada y tomaron como rehenes a otros nueve, dando así comienzo a una jornada de tensas negociaciones internacionales y a la cinematográfica trama de una cacería humana internacional apoyada por el propio Estado de Israel.

La petición palestina, a cambio de liberar a los prisioneros, era liberar a 234 palestinos detenidos en cárceles israelíes y otros 2 presos en Alemania; un vuelo con destino a Egipto debía sacarlos del país,  llevándolos a destino sanos y salvos. La respuesta de la Primer Ministro de Israel, Golda Meir, fue categórica y firme. En su declaración dijo: “no habrá negociación”. De todos modos, la policía de Munich, así como los embajadores de Túnez y Libia, intentaron lograr algún tipo de concesión con los secuestradores, ofreciéndoles dinero así como otras garantías, y eventualmente, ganar con ello tiempo para una intervención de las fuerzas especiales. Pasadas las 22 horas, mientras se convencía a los palestinos del arribo de un vuelo perteneciente a la aerolínea  Lufthansa, que los llevaría al El Cairo, dos helicópteros les transportaron a una base aérea que supuestamente era su punto de partida hacia Oriente Medio. El rescate debía llevarse a cabo en el aeródromo designado, al arribar el grupo de secuestrados. La precipitada planificación del operativo, así como la inexperiencia de los equipos de asalto apostados en la pista, desencadenaron el caos en el campo aéreo, resultando de ello la muerte de otros 9 israelíes, 4 palestinos, el piloto del segundo helicóptero y un policía alemán; sólo tres palestinos fueron arrestados al intentar huir ya que el resto había sido abatido.
El rechazo internacional al ataque no se hizo esperar, incluso en la voz de figuras prominentes del mundo árabe como el rey Hussein I de Jordania. Lo mismo ocurría en Occidente, pero a pesar de ello la Fuerza Aérea Israelí bombardeó instalaciones de la Organización para la Liberación Palestina en Siria y el Líbano, como acto de represalia contra la comunidad que se adjudicaba el hecho. Al mismo tiempo, la ministra Meir dio una orden ejecutiva para lanzar la operación de búsqueda y eliminación de los autores intelectuales y coordinadores del atentado, nombre clave Cólera  de Dios. Durante el período 1972-1981, la identificación, búsqueda y ejecución de objetivos árabes llevó a los agentes del servicio de inteligencia israelí, Mossad, a asesinar incluso a inocentes, confundidos con los supuestos participantes en el golpe contra su delegación deportiva.

Después de 24 horas de suspensión, los XX Juegos Olímpicos de Munich 1972 se reanudaron, pero la sombra de aquellas muertes permaneció en la comunidad deportiva y la cobertura mediática que acompañó la jornada no hizo más que servir de catalizador para aumentar una ya tensa relación entre el mundo árabe e israelí. La escalada de violencia no hacía más que empezar, secuestros de aviones comerciales, bombas, asesinatos selectivos y guerras focalizadas serían la tónica en los 15 años siguientes. Ahora, pasados 40 años de aquellos aciagos eventos, esperemos haber aprendido las lecciones, y que los pueblos se avoquen solamente a competir bajo los ideales del deporte y la fraternidad.

Para Tejemedios
Profesor José Antonio Soto